miércoles, marzo 30, 2011

24.03.11

 Entrevista a Javier Peteiro*. Ima Sanchís (Barcelona)

01:04:28, por jalvarez Spanish (ES)
Sentido común
Lo más estimulante para un entrevistador es encontrar gente que piense por sí misma, que cuestione, que nos regale material sobre el que pensar... Peteiro reivindica el papel de la ciencia como búsqueda de conocimiento y descree de esa moda de dar a todo acto humano una explicación hormonal. Nos recuerda la importancia de la relación médico- paciente por encima de los protocolos, y nos advierte de la tendencia a medicalizarlo todo. Le entristece el ombliguismo de muchos hospitales, esa idea de que si algo no se cura aquí, no se cura en ningún sitio: ¿Hay que relacionarse con otros hospitales del mundo¿. De todo ello ha hablado en la Biblioteca del Camp Freudià de Barcelona.
¿El cientificismo es la nueva fe atea?
Vamos hacia ahí. Todo empezó con el código genético y la transformación de la materia viva, que nos llevó a creer que una vez que tenemos un gen y sabemos lo que hace podremos corregirlo.
¿Falso?
En el ADN no hay una relación causa-efecto como se creía hace años; las partes influyen en el todo y el todo en las partes. Su complejidad es fabulosa, y mantener frente a eso un reduccionismo ingenuo es absurdo; por ejemplo, cuando nos dicen que se ha descubierto el gen de la homosexualidad.
O el gen de Dios.
Una cosa es divulgar ciencia y otra, ciencia y creencia. Decir que nos enamoramos porque la dopamina sube es una estupidez. Enamorarse es más complejo que un subidón de dopamina. Afirmarlo es una tontería con consecuencias trágicas porque se asume, por ejemplo, que la depresión es una carencia de determinados neurotransmisores cuando eso es una mera hipótesis.
Entiendo.
Entonces a la gente le recetan antidepresivos para dar y tomar, cuando su eficacia es altamente dudosa.
Tranquiliza saber que no todas nuestras decisiones las toman las hormonas.
Parece que si pudiéramos medir los niveles de dopamina, serotonina y vasopresina, podríamos saber si una persona va a tener una estabilidad de pareja determinada.
Pero hay un correlato.
Una cosa es que, a la vez que uno vive, haya cambios en los neurotransmisores y las hormonas, y otra, ver ahí la clave de todo, un reduccionismo molecular de lo propiamente humano que es ingenuo y dañino.
En EE.UU. ya se hacen entrevistas de trabajo con parámetros de este tipo.
La obsesión por medirlo todo conduce a los test psicométricos, y recientemente, al análisis de imagen cerebral. Ya ha habido casos en juicios en los que se han presentado mapas de imagen cerebral para esgrimir que la persona no ha sido responsable de sus actos o al revés. Hay una tendencia a biologizar.
Hay genes que se han asociado a un comportamiento violento.
Sí, y es muy peligroso, si yo tengo unos genes de riesgo físico o psíquico, nadie me va a contratar. Además, son teorías que años después se desmontan, como vimos con la de los cromosomas XYY de los asesinos.
¿Cuál es el problema de la medicina?
Ha avanzado mucho en técnica, sobre todo diagnóstica. El poder de la imagen es extraordinario, pero la relación médico-paciente no puede ser sustituida por una robotización. Y hay algo que puede ser nefasto.
Cuénteme.
Caminamos hacia una medicina por protocolos y hacia una sociedad de enfermos, porque lo que antes era normal –ahora siguiendo el esquema de salud que auspició la OMS–, ha pasado a ser enfermedad. Según ese esquema, nadie está sano: un adolescente por ser adolescente, una persona mayor, por ser mayor; algo absurdo.

Es decir, lo estamos medicalizando todo. Si no estamos enfermos, estamos en riesgo de estarlo, con lo cual hay que tratar ese riesgo, sea el colesterol, el azúcar, la tensión, el sol, o lo que sea. Vivimos en un mundo en el que parece que sea casi milagroso que vivamos, ¿y eso qué lo favorece?
El negocio.
Evidentemente, hay un peso de las farmacéuticas, pero también la medicina está dirigida por las grandes empresas diagnósticas, de imagen, de análisis, que son necesarias, pero hay asociado a ese carácter técnico una obsesión por cuantificarlo todo.
¿A qué se refiere?
No es que un niño tenga un carácter u otro, hay que hacer test. Si te encuentras en plena forma, no importa, hay que medir el colesterol, y si está por debajo de una cifra –que cada vez ponen más baja–, hay que tomar un medicamento de por vida.
¿Qué ocurre con la investigación?
Antes los científicos buscaban conocer, ¿pero qué es hoy en día un científico?... Un profesional de la ciencia, lo que significa vivir de eso, es decir, publicar o patentar, ser un productor, no un buscador.
No apartarte del camino.
No se premia la originalidad, los proyectos son memorias finales, pero sin los resultados. Para que un proyecto se financie tiene que ser realizable, pero eso no es ciencia.
La ciencia es partir de una incógnita.
Sí. Hemos pasado de la investigación revolucionaria, como fue la de Einstein, que buscaba el conocimiento por el conocimiento –y precisamente por no buscar nada a veces encontraban grandes cosas–, a una investigación de tipo incremental, es decir, paso a paso, publicación tras publicación.
¿Ahora hay menos sabiduría?
Sabe más un científico actual de lo que sabía Aristóteles, pero no es más sabio.
¿Qué ha aprendido humanamente en el ejercicio de su profesión?
He visto que cada vez la gente importa menos, con la apariencia de que importamos. Vivimos un higienismo estúpido, ahora los fumadores son como leprosos a la vez que coexisten con el botellón, que está destruyendo y enajenando a la juventud, de manera que es cómoda para este sistema básicamente mercantil. Esencialmente, he visto el desprecio a la persona, al ser humano.
* Entrevista realizada en la Biblioteca del Campo Freudiano -BCFB- Y publicada en el periódico La Vanguardia. J. Peteiro vino a Barcelona invitado por la BCFB y la Universidad popular Jacques Lacan.

miércoles, marzo 16, 2011

Una manera diferente de tratar la clínica de lo mental*. 


Josep Moya (Barcelona)

00:55:31, por jalvarez

En primer lugar, quiero expresar mi agradecimiento a las doctoras Clara Bardón y Montserrat Puig, compiladoras del libro, por solicitarme mi intervención para la presentación de este magnífico texto, cuya lectura debería formar parte de las recomendaciones bibliográficas de los futuros psiquiatras y psicólogos clínicos, así como de todos aquellos profesionales del campo de la llamada salud mental.
Se trata de un texto serio, riguroso y muy bien estructurado, que invita a la reflexión y al debate, ese elemento cada vez más ausente en los foros y encuentros de los profesionales “psi”.
No es posible, aparte de que ya lo han hecho las propias compiladoras, hacer una reseña de cada uno de los artículos, por tanto, he optado por señalar algunos puntos que me han parecido especialmente sugerentes.
El primer punto se refiere a lo desarrollado por el Sr. Jean-Pierre Klotz quien, en su texto “Clínica contemporánea de la autoridad”, plantea que en la actualidad asistimos a una eclosión de la autoridad de la ciencia, una autoridad que Jacques–Alain Miller ha denominado “bioteológica”. Se trata de una autoridad burocrática, que apunta a borrar toda subjetividad. Es una autoridad absoluta, que pretende imponer una sola verdad, la que se sostiene por la mal llamada “evidencia”, nefasto ejemplo de los efectos de una mala traducción –“prueba” sería el término adecuado– cuyo valor pretende equipararse a la verdad absoluta. Curiosamente, quienes se posicionan desde ese lugar saben perfectamente que las “verdades” en el campo de la ciencia son siempre provisionales, como la misma historia de ésta nos enseña; entonces, si se admite esta constatación, ¿cómo explicar ese pretendido carácter absoluto y universal?
Sin embargo, puede resultar útil un matiz, señalado por Humberto Eco: no se trataría tanto de ciencia como de tecnología. En efecto, el problema se enmarca más adecuadamente en las coordenadas de la tecnología, que supone el llevar a la práctica aquello que la ciencia va descubriendo y aportando. La distinción no es banal: los principios y las teorías científicos son diferentes de las aplicaciones –en ocasiones perversas– que se derivan de ellos.
Ahora bien, llegados a este punto conviene reflexionar sobre la particular estructura que presenta en la actualidad el mundo de la salud mental.
Se trata de una estructura que se define de la siguiente manera: En primer lugar, se admite la existencia de unos elementos denominados “trastornos mentales” desde el DSM III, publicado en 1980. Dominique Laurent, en su artículo “El fármaco desde la lógica de la técnica”, explica con mucha claridad y precisión que con el DSM se produjo un cambio de enfoque diagnóstico, a continuación de una época caracterizada por el impulso de una psiquiatría social y comunitaria, que tuvo como consecuencia una desmedicalización, tanto de los cuadros clínicos como de las intervenciones. Pero, cuidado, esta afirmación no debe ser interpretada en términos de una descalificación sistemática de los psicofármacos, cuyo valor y eficacia se demuestran día a día, sino en términos de una visión global y holística del sufrimiento mental, que no puede desligarse de las condiciones socio-familiares, económicas y culturales en las que se desarrolla.
El DSM III nació, como Dominique Laurent señala, después de una batalla tardíamente librada por las asociaciones de psicoanalistas norteamericanos, que intentaron sostener, en vano, la diferencia entre un manual de clasificación epidemiológica y un manual diagnóstico útil para el clínico. Los efectos fueron produciéndose progresivamente: paralelamente a la aparición de diferentes versiones de los manuales DSM y DSM IV (manual de uso, libro de casos, breviario, etc.) fueron desapareciendo de las librerías los manuales de psicopatología hasta el punto de que, para muchos estudiantes de las facultades de psicología y medicina, la psicopatología se redujo al estudio del glosario de términos de los DSM. Para establecer una comparación: es como si la semiología médica –el estudio de los signos y síntomas– dejara de enseñarse en las facultades de medicina.
Esta substitución posibilita graves errores diagnósticos, como el de etiquetar de fobia social un delirio persecutorio, o de anorexia mental un delirio de envenenamiento.
Pero hay otro problema, el DSM III substituyó el término de “enfermedad mental” por el de “trastorno mental” y el DSM IV señaló que “a pesar de que este manual proporciona una clasificación de los trastornos mentales debe admitirse que no existe una definición que especifique adecuadamente los límites del concepto de trastorno mental”. Esto significaba que se construía una sistema de clasificación pero no quedaba muy claro qué era lo que se clasificaba. Además, se tuvo la pretensión de hacer creer que se trabajaba con entidades naturales, como en el campo de la botánica o de la zoología; pero se trata de constructor teóricos elaborados por consenso de “expertos”. Es decir, sobre la existencia de síntomas y malestares se construyó el edificio de los trastornos mentales, sometidos a las más diversas presiones, como sucedió con la no consideración de la homosexualidad como hipotético trastorno mental, efecto de las presiones que ejercieron las comunidades de homosexuales de los Estados Unidos sobre los expertos redactores del DSM III.
Con el DSM IV, el diagnóstico determina una terapia estandarizada del síntoma o del síndrome. El hombre y la mujer del DSM IV son seres humanos a los que no se les reconoce su subjetividad. De ello dan fe la proliferación de rígidos protocolos y de pruebas “objetivas” que, a partir de la complicidad de los números asignados –por otros seres humanos– se pretende obtener diagnósticos rigurosos. Con ello se hace tábula rasa de la clínica psiquiátrica clásica y de las aportaciones del psicoanálisis.
Se constituye así un nuevo paradigma basado en la eliminación de la subjetividad y en una definición arbitraria de lo normal y lo patológico. No ha de sorprender, en este contexto, que la campana de Gauss de los individuos diagnosticados de trastornos mentales sea cada más aplanada, es decir, cada vez más sujetos trastornados.
En este nuevo paradigma desaparece la transferencia o, mejor dicho, su consideración por parte del profesional. Pero, además, se libera al clínico de la angustia que genera el encuentro con el paciente. Finalmente, se constituye una dinámica cuyo ideal es la localización sistemática del correlato neurorradiológico del trastorno mental.
Todo ha de cuadrar, el cuadro clínico, la neuroimagen, las pruebas objetivas, el tratamiento estandarizado y, finalmente, el resultado terapéutico. Y si la cosa falla es porque el sujeto-paciente es “resistente”.
Pero el libro que se presenta, aporta una manera diferente de tratar la clínica de lo mental. Se trata de una clínica que rescata todo aquello que la gran psiquiatría clásica, fundamentada en las aportaciones del método fenomenológico y del existencialismo, aportó en su día, una clínica que escuchaba el decir del paciente, su sufrimiento, su queja.
Pero también se trata de lo que la clínica psicoanalítica viene aportando desde su nacimiento con Freud. Los artículos de Pierre-Gilles Guéguen (“Principios del poder del psicoanálisis frente al suicidio”), de José Ramón Ubieto (“Los golpes de la vida. Tentativas suicidas en un caso de melancolía”) o de Francesc Vilà (“Un payaso con el cuerpo roto. Sobre el humor de matarse en la juventud”), por citar algunos de los excelentes artículos, nos presentan una clínica basada en la escucha de la palabra del sujeto, de sus avatares, de sus aventuras y desventuras, de sus malestares, de sus fracasos y de sus éxitos. Una clínica, en suma, que rescata lo específicamente humano y lo reivindica como su objeto de atención.

* Intervención del autor en el acto de presentación del “Suicidio, medicamentos y orden público” (Gredos-ELP, 2010) en el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya, lunes 24 de enero de 2011.

lunes, febrero 21, 2011

¿MENTAL?
Éric Laurent
Nada es más preciado que la salud mental. Conocemos la anécdota que relata 
Freud en su obra El chiste y su relación con lo inconsciente de un pobre judío 
de Viena, Hirsh, que toma el tren para Karlsbad y sus aguas termales. Está en 
el tren y no tiene boleto. El guarda lo intercepta y le pide que baje del tren. 
Lo hace y vuelve a subir enseguida a otro vagón. Lo agarran, el guarda le 
pega y lo echa del tren. Sin embargo vuelve a subir, el guarda lo muele a 
golpes, etc. Así continua durante un cierto número de estaciones. Al cabo de 
algunas paradas agitadas, por el mismo episodio, se cruza con uno de sus 
amigos de Viena que había logrado no ser descubierto por el guarda y que le 
pregunta: “Pero ¿qué haces aquí?, y Hirsh responde: “Voy a Karlsbad a tomar 
baños termales, ¡si mi salud me lo permite!”
La salud mental, es un poco eso. Es permanecer en el tren si nuestra salud 
mental nos lo permite. La relación entre Hirsh y el guarda nos señala algo 
profundo: que indiscutiblemente la salud mental existe, pero tiene poco que 
ver con lo mental, y muy poco con la salud. Tiene relación con el Otro, y con 
el silencio. La salud mental es lo que asegura el silencio del Otro, así como la 
salud es el silencio de los órganos. Jacques-Alain Miller situaba esto diciendo 
que la salud mental es ante todo una cuestión de orden público. El Witz 
freudiano señala esta relación al otro del control, decisivo en todas las 
cuestiones de salud, mucho antes que nos agotemos en querer controlar los 
presupuestos. Pero también es necesario tener en cuenta esto: en lo que 
concierne a la salud, el orden público está desplazado por el nuevo estatuto 
del amo. El nuevo amo está preocupado por las mediciones. Cada vez más los 
nuevos políticos se centran en la publicación de cifras, índices y sondeos, 
considerando el resto como retórica y pequeñas frases. Es un uso de las 
matemáticas sociales muy diferente al de las Luces, donde Condorcet veía a la 
ciencia matemática esclarecer los impasses del proceso electoral.
El amo antiguo no estaba en absoluto preocupado por las cifras; él enunciaba 
el orden del mundo. Si una mina de sal producía más de lo que habían 
establecido los mandarines, urgentemente se la cerraba por el bien del 
Imperio. Asimismo, el amo del Antiguo régimen no se preocupaba por los 
sujetos y su salud, sólo se preocupaba por la suya, la del reino venía por 
añadidura. Es con las Luces, luego con los Derechos del Hombre, que se 
introduce la preocupación por la salud, y la salud mental. A partir de ese 
momento el saber considera la organización social, la crítica y la cifra. Desde 
entonces no deja de trastornar al amo. El saber hace surgir posibilidades  -
posibilidades de vida y de sobrevida-, de las cuales nadie sabe la utilidad. ¿Es 
bueno, es malo? Los comités de ética intentan apreciar, evaluar, dividir estos 
efectos en tonos compatibles no sólo con el amo, sino con la vida. Es 
necesario seguir detalladamente el embarazo de las definiciones con las que 
el amo intenta utilizar la ciencia y sus procedimientos para ceñir lo que es 
deber de Estado en la salud, es decir para legitimar su descompromiso. El 
Estado contemporáneo, profundamente endeudado, propone una nueva 
definición del horizonte democrático prometido al ciudadano. Ya no se trata 
más de asegurar la felicidad ni el bienestar social (Welfare), es necesario 
ahora limitarse a lo que tiene un efecto científicamente demostrado. En lo que 
concierne a la felicidad no es mucho. Sin embargo, el amo quiere estar 
justificado al limitarse a lo que está de este modo reducido, y privatizar el 
resto.El psicoanálisis, tolerado entre las dos guerras mundiales en el concierto de 
las técnicas terapéuticas, fue requerido después de la guerra por los ideales 
de prevención. Un informe célebre redactado para la Organización Mundial de 
la Salud por el psiquiatra y psicoanalista heterodoxo John Bowlby iba a hacer 
aceptar que una de las causas esenciales de las enfermedades mentales 
estaba enlazada a la falta de cuidados maternales del niño. El representante 
del psicoanálisis había encontrado la clave: era la madre. Esta fue 
transformada en aliada de peso en el dispositivo general del Estado. Toda la 
posguerra está marcada por  la creación en los Estados industrializados, de 
instancias de cuidados maternales: centros de orientación infantil en 
Inglaterra, CMPP en Francia; en los Estados Unidos centros de consulta 
(Clinics) en el ámbito de los Estados, incluso de las Municipalidades, sin 
alcanzar el nivel federal. El género literario de los “Consejos a las madres” fue 
considerablemente renovado por los psicoanalistas que, desde Winnicott a 
Betelheim pasando por Anna Freud y los alumnos de Melanie KIein, 
escribieron guías prácticas  para ser usadas por las madres salteándose a la 
autoridad pediátrica.
Es claro que la Madre, como la piensa el Estado, está en peligro. La OMS ya 
no cree que la causa esencial de las enfermedades mentales sean los malos 
cuidados maternales. No se ve, por otra parte, como esta perspectiva no 
culpabilizaría a las madres, y si se las culpabiliza, es necesario aliviar esta 
falta con ayuda. El sostén de las madres cuesta muy caro. Ahora no se trata 
ya de ayudar, sino de promulgar una Carta Internacional de los Derechos del 
Niño, y de confiar luego a la justicia la inquietud de intervenir cuando los 
cuidados maternales son distorsionados. No se habla más de niños mal 
cuidados por su madre, se evoca el maltrato de los niños y se los confía a 
instituciones cuya definición es más asistencial que científica, lo que autoriza 
a emplear antes un personal educativo que un personal altamente calificado, 
y por consecuencia oneroso.
En el mismo movimiento es necesario inscribir las nuevas consideraciones 
jurídicas sobre el padre. Uno ve aparecer una suerte de Comité de defensa de 
una especie en vías de extinción: el padre. Uno recuerda todo el bien que él le 
hace al niño. Los técnicos de la procreación artificial devolverían con urgencia 
un “Derecho al padre” que pondría al abrigo de las psicosis y otros problemas 
que tocan a la enfermedad mental. No es seguro que pueda existir un derecho 
al padre, ni tampoco un derecho al amor. Sin duda las ficciones jurídicas que 
constituyen el sistema de parentesco de las sociedades complejas juegan su 
papel, pero la incidencia en el inconsciente del sujeto de la cuestión del padre 
no se agota con la consideración de su estatuto jurídico. Freud situaba muy 
bien en El malestar en la cultura el alcance de la nostalgia por el padre  -
Vatersehnsucht. Sean cuales fueren las medidas de derecho que se tomen, no 
habrá jamás bastante padre -siempre pediremos más. Una cosa es detener el 
desmantelamiento de los derechos paternos y las paradojas que esto 
eventualmente provoca, y otra cosa es el incurable llamado a lo que vendría a 
asegurar la consistencia del sistema como tal. Con este derecho al padre sólo 
encontramos un monoteísmo jurídico laico.
El mejor aliado del psicoanálisis es sin duda el psicoanálisis mismo, en su 
efectividad. Lacan distinguía respecto a esto el psicoanálisis puro y el 
psicoanálisis aplicado. Contrariamente a una costumbre según la cual la 
aplicación del psicoanálisis apuntaba a un desciframiento de las producciones 
de la cultura en el marco edípico y pulsional, se trataba para él de aplicarlo en 
el campo de la medicina: “terapéutica y clínica médica”. Se espera de 
nosotros  -decía-, la crítica de nuestros resultados, la puesta a prueba de 
nuestras categorías y el examen de nuestros proyectos terapéuticos. Nosotros 
retornamos estos tres registros, explícitamente propuestos por Jacques Lacan 
en 1964 como los de la “Sección de psicoanálisis aplicado” de su Escuela.De este modo proponemos examinar la inserción actual del psicoanálisis en 
todo el campo producido por la re-engeenering de la distribución de los 
cuidados psiquiátricos. La transmisión y la transferencia de los cuidados o la 
recepción en “lugares de vida” fuera del hospital crean toda una zona donde 
el psicoanálisis puede hacer escuchar proposiciones positivas. .
El psicoanálisis no es “para todos”, no tiene su lugar en todos lados, pero en 
todos lados puede recordar que el sujeto surge de la palabra  -ser hablante, 
ser hablado, hablante ser. A través de los años y las culturas, las estructuras 
clínicas y las lenguas, evalúa la potencia de la palabra, propone una 
alternativa al peso angustiante del determinismo científico que no es la 
esperanza de un milagro. Sitúa el campo de lo necesario, mantiene el lugar 
de lo contingente.*


*Este artículo apareció en el primer número de Mental, junio 1995

miércoles, febrero 09, 2011

 Entrevista a Jacques-Alain Miller sobre el affaire Mosley


 ¿Qué le inspira el affaire Mosley?
Jacques-Alain Miller: Usted observa una rata en el laboratorio, usted comprende inmediatamente: buscar la comida, evitar el dolor, etc. Pero un hombre, habla, lo que complica todo. Su comportamiento no tiene nunca nada de evidente: cualquier novela policial se construye con ello, cualquier defensa legal también. Lleno a mi mujer de atenciones, pero es para engañarla; engaño a mi marido, pero es porque lo amo; etc. En el caso presente, el señor Mosley niega toda connotación nazi. Si contaba en alemán los golpes con una correa de cuero que daba a una joven arrodillada –Eins ! zwei ! drei ! vier ! fünf ! sechs !–, es, dice, porque ella era alemana…


¿Usted le cree?
No necesariamente, pero dijo al menos algo justo: «Es un asunto privado y muy personal». No hizo un espectáculo de cabaret, no produjo una película, no es Dieudonné. No se hizo tampoco fotografiar con la svástica como recientemente tres soldados rasos muy nuestros. Hablemos crudamente. Tres o cuatro veces al año, un señor se oculta en un departamento de Chelsea para jugar durante cinco horas a « tutu panpan » con una pequeña troupe de prostitutas contratadas. Este guignol parece serle necesario para tener una erección. Las chicas llevan en sus valijas un equipaje: el tema puede ser tanto la armada como la prisión o el tribunal. Como en El balcón de Genet. Hay que admitir que es harmless, no le hace mal a nadie. Hay toda una industria, en Londres como en París, o en la Roma antigua, que procura esto a su clientela. Max Mosley no es Michel Fourniret.

Si, pero no reluce mucho…
Los hombres no son ratas, en ellos el goce se realiza por medio de fantasmas. Algunos se contentan con tenerlos en la cabeza, en la ocasión, en el coito más normal; otros los ponen en escena; cuando pasan al acto, en lo real, es otra cosa. En todos los casos, una cierta vergüenza se liga a estos pequeños escenarios, y esta confesión es la más difícil de obtener en análisis, Freud ya lo señalaba. El presente escándalo traduce el hecho de que el goce como tal repugna al espacio público. Sin embargo este espacio está actualmente en expansión acelerada. Con lo numérico, los aparatos de grabación se multiplicaron y miniaturizaron, y por internet nos comunicamos instantáneamente con el universo. Además, con la ayuda del terrorismo, entramos en la era de la vigilancia generalizada. El espíritu del tiempo tiende de este modo a instaurar un derecho a saber, a saber todo, ilimitado. Y entonces, el goce íntimo del hombre público está a partir de ahora en el banquillo. Recuerde la desventura de Bill Clinton. Escándalos de este género están prometidos a multiplicarse irresistiblemente. La vida privada está sin duda mejor protegida en Francia, pero ¿cuánto tiempo aguantará el dique?

¿Cómo interpretar el hecho de que el padre de Max Mosley frecuentaba a Hitler?
Evidentemente, esto crea un efecto de sentido, que cosquillea al voyeur universal en que nos hemos convertido. ¡Ojalá Hitler se hubiera satisfecho con un simulacro de cuatro centavos en un burdel de Berlín! Pero desde ese punto de vista, el monstruo estaba clean, y quizá fuera incluso impotente. En el caso presente, lo que apareció sobre la escena de la historia como una tragedia sin igual retorna bajo la forma de una farsa. El pequeño Max tenía 5 años en 1945, sus padres estaban internados, y es posible pensar que su goce sexual se haya ligado precozmente a elementos del período. «Embarrassing», como dijo con un understatement muy británico, pero no por ello esto hace un nazi. Una mujer puede muy bien ser feminista y no llegar al orgasmo sino a condición de imaginarse violada. Vuestros fantasmas siempre son embarrassing, no están forzosamente de acuerdo con lo que se conoce de vuestra personalidad.

¿Cuando los padres son antihéroes, se puede rechazarlos en bloque, sin arriesgarse al «retorno de lo reprimido»?
No hay regla general. La única regla, si hubiera una, es que siempre existe «la falta del padre». Y vale más que sí: nada más traumatizante que los padres impecables, ¡eso vuelve loco! Pero el affaire Mosley, es una novela del tiempo pasado. El verdadero problema del porvenir, es la desaparición del padre, pues ¿dónde irá la falta?

¿Pero en qué el affaire Mosley pertenece al pasado?
Una dinastía de barones del Staffordshire, gran familia, gran fortuna, altas tradiciones. El padre está allí bien en su lugar, Oswald Mosley, un original, aliado del clan Mitford, amigo de Eduardo VII, diputado conservador, luego socialista, luego fascista, que logró poner en las calles de Londres millares de ingleses con camisa negra. Se lo veía a menudo en la televisión en los años 60-70: se volvió un ícono, exhibiendo “el peor inglés del siglo XX”. En cuanto al hijo, piloto de carreras, constructor de automóviles, abogado, multimillonario, apóstol de la seguridad en las rutas, conciencia moral del deporte automovilístico, tuvo una bella carrera, consagrada hace tres años, en París, por la Legión de honor. Arrastraba solamente un pequeño goce glauco, que no exhibía, pobre traducción, o pobre residuo, de la gesta paterna. Y ahora el oprobio universal y BMW, Mercedes, Honda, Toyota, que truenan, teniendo sin duda algo que perdonarse en relación con 1945. Y el coro de vírgenes ignorantes, no habiendo leído a Sade, y que jamás jamás, hubieran imaginado que semejante horror pudiera existir. ¡Caigamos sobre Mosley! En resumen, la farsa masoquista continúa cada vez mejor.
Siendo un personaje público Max Mosley se puso tanto más en peligro.
Ah, como dice Baudelaire, “el placer, este verdugo sin piedad”. Esto muestra bien el precio que, desde siempre, se liga al goce sexual. Lo nuevo, es este hecho de civilización: frecuentar las mujeres públicas se vuelve peligroso para los hombres públicos. Lo vimos también el mes pasado con el reluciente gobernador del Estado de New Cork, Eliot Spitzer. Plaga de Wall Street cuando era fiscal, tuvo que dimitir por haber fornicado con una prostituta en un hotel. Por precaución su sucesor, un Negro, ciego, comenzó su mandato convocando a la prensa velozmente para enumerar las amantes que había podido tener. Pronto, para asegurar sus funciones, un hombre público no se contentará ya con declarar su patrimonio, deberá igualmente declarar su modo de gozar. No estamos muy lejos. Bertrand Delanoé trazó el camino: candidato a la alcandía de París por primera vez, se cuidó de declarar su homosexualidad. Por haberlo callado, el gobernador del estado de Nueva York debió renunciar en 2004. Un buzz corre ahora por internet, que da el nombre de la supuesta amiga de Hillary. Por poco que mañana se descubra a Obama una o dos amiguitas, y está listo. Etc. Los países católicos tradicionalmente son más tolerantes a las errancias consubstanciales al goce, pero es lo peor del puritanismo anglo americano lo que la mundialización tiende a universalizar; la indignación hipócrita deleitándose con la obscenidad que ella engendra y descubre incesantemente. No se volverá atrás. En un cierto tiempo, los héteros también pasarán a confesar en la plaza pública. Hannah Arendt también causó escándalo hace tiempo hablando de la «banalidad del mal» a propósito de los nazis, ¿Y la banalidad del goce? ¡Un esfuerzo más!

Le Point No. 1856 / 10 de abril 2008 (pp. 64/65)
Palabras recogidas por Christophe Labbé
* Se publica en: “France=dépression”, Seuil.

Traducción: Silvia Baudini 

martes, enero 25, 2011

 Nuevos síntomas en la adolescencia. Alexandre Stevens (Bruselas)



Cuando se habla de nuevos síntomas entendemos esta expresión en el sentido de nuevos síntomas hoy, nuevos en el sentido de históricamente nuevos y eso es legítimo, los síntomas evolucionan más que la relación al fantasma que queda más bien fija. Lo que evoluciona es la envoltura formal del síntoma, es decir, los semblantes, los significantes que evolucionan en el contexto cultural. Por el contrario la relación al goce, al objeto pulsional cambia mucho menos. Entonces, es la parte del síntoma que tiene que ver con la relación a la cultura la que se mueve junto con ella. De todas formas veremos que lo que nosotros podemos llamar los nuevos síntomas en la adolescencia presentan el interés que podemos ver en el movimiento que concierne al goce. Remarquemos por otra parte que los síntomas han evolucionado para nosotros según la forma en que nosotros consideramos la estructura.
Clásicamente, el síntoma psicoanalítico tal como es descripto por Freud, y retomado por Lacan desde el inicio de su enseñanza, es una formación localizada en la vida psíquica de un sujeto. Es una fobia, una parálisis histérica, un pensamiento obsesivo, que algunas veces puede tomar una gran importancia, incluso invadir con sus consecuencias la vida del sujeto -piensen por ejemplo las obsesiones del Hombre de las Ratas que lo acosan sin cesar-, de todas formas desde el punto de vista de la organización psíquica es un fenómeno que podemos decir localizado, que por otro lado, para nosotros tiene un cierto sentido o por lo menos llama a una apertura de sentido, es decir, que participa de una formación del inconsciente, que llama a ser interpretada para poder adquirir un sentido nuevo.
Ahora bien, algunos de los nuevos síntomas -tomaré algunos ejemplos como la toxicomanía, la anorexia y la bulimia, la violencia de los adolescentes- aparecen mucho menos como fenómenos localizados porque están menos vestidos de una estructura formal, están menos vestidos de la envoltura significante y por el contrario parecerían extenderse a la vida entera del sujeto como una forma, un modo de goce organizado por el sujeto. Además, desde el inicio parecen fuera de sentido.
Jaques Alain Miller remarcó en su curso de hace dos años, cómo este aspecto en donde el síntoma toca la vida del sujeto ha interpelado rápidamente al psicoanalista. Nos decía que a partir del Seminario XX de Lacan, su enseñanza en esta época es la que conviene mejor para hablar de estos nuevos síntomas, mucho más que lo que Lacan nos enseñaba en la primera época de su enseñanza. En la primera época de la enseñanza de Lacan, si queremos despejar la estructura del síntoma tenemos la estructura del discurso del amo -que Lacan también llama discurso del inconsciente-. Es esta estructura del discurso del amo que da la estructura del síntoma, el síntoma apareciendo bajo el significante que pide ser interpretado y que por otro lado propone una interpretación él solo: es el inconsciente mismo que interpreta, el retorno de lo reprimido ya es una interpretación de lo reprimido. Esa es la pequeña estructura S1- S2 que da la dirección del sentido del síntoma, el síntoma al mismo tiempo como rasgo que representa al sujeto y que fija un elemento de goce, el objeto plus de gozar de Lacan. Que el síntoma fije un elemento de goce se presenta desde el inicio del trabajo de Freud, pero lo que Miller llama la segunda clínica de Lacan, aquella que comienza con el Seminario XX, el síntoma toma otra forma -es Miller quien lo describe así en su curso "Los signos del goce"- el síntoma es un S1 solo, lo que sitúa como rasgo, pero como un rasgo fuera del sentido porque no lo envía a otro significante para dar su significación, entonces un uno solo, es una forma de goce.
Con la última clínica de Lacan, el síntoma es goce incluso si al mismo tiempo es significante. El síntoma de la última época de Lacan combina por este hecho la función que nosotros llamamos precedentemente síntoma y el fantasma, presentándose de una forma generalizada en la vida del sujeto como una forma de vida, un modo de existir, un modo de relación al goce que incluye al Otro del significante. Entonces estos llamados nuevos síntomas que nombramos: toxicomanía, bulimia y anorexia, se presentan primero como modos de goce.
Los nuevos síntomas
Voy a retomar esto de los nuevos síntomas pero antes quisiera hacer un señalamiento. Nuevos síntomas, también se puede entender esta expresión en un sentido que no es solamente histórico para la cultura, sino en el sentido histórico para un sujeto. Un sujeto tenía un síntoma y un día surge un nuevo síntoma para este sujeto. Ahora bien, justamente para un sujeto la adolescencia es exactamente eso, el surgimiento de una novedad, es decir, que ella misma es un nuevo síntoma al cual se introduce el sujeto.
Hace un tiempo hice un texto que creo está traducido al español como "La adolescencia, síntoma de la pubertad". En aquel momento yo presenté las cosas a partir del curso que sostenía Miller en aquella época, en donde presentaba el síntoma bajo esta nueva fórmula: cómo eso que para todo sujeto viene al lugar de la no-relación sexual, y él lo escribía con el conjunto vacío para decir la falta en el saber, ya que es tal vez la manera más simple para comprender la no-relación sexual. Lo que Lacan llamó así es la falta de saber sobre el sexo en lo real, el defecto del instinto sexual. Ahí donde los animales tienen el instinto para el sexo, los hombres no tienen nada y entonces no saben por la naturaleza qué es lo que un chico y una chica tienen que hacer juntos. La bella fábula clásica de Dafnis y Cloe cuenta esto justamente, que en la pubertad vuelve a surgir esta cuestión de la no-relación sexual. Podríamos decir entonces que la pubertad es uno de los nombres de la no-relación sexual, es uno de los momentos en la existencia en donde el sujeto se encuentra de una forma viva con esta cuestión.
Entonces, en aquel momento yo presentaba en aquel texto a la adolescencia como siendo la forma sintomática de respuesta del surgimiento de lo real que es la pubertad. Ahora bien, ¿cuál es, o qué es este real de la pubertad? Podríamos decir un empuje hormonal en el sentido de la investidura de un nuevo órgano fuera del cuerpo: la libido -es Lacan quién decía que la libido es un "órgano fuera del cuerpo"-, pero el empuje hormonal en la medida en que está marcado por el lenguaje, no es entonces el empuje biológico.
Por otro lado en el prefacio a El despertar de la primavera, Lacan dice a propósito de los adolescentes que comienzan a pensar en las chicas, que seguramente está todo el empuje hormonal que se quiera pero ellos no pensarían sin el despertar de sus sueños, es decir, no pensarían sin sus sueños, sus conversaciones, sus charlas en donde aparecen todas estas cuestiones que son las que los emocionan. Pero lo real de la pubertad también es la aparición de los caracteres sexuales, incluso aquellos que se llaman secundarios, es decir, la modificación de la imagen del cuerpo. Entonces, es en estos dos planos -el del cuerpo como objeto pulsional y el del cuerpo como imagen- que la pubertad viene a trastocar, a conmover al sujeto.
A partir de lo enunciado se plantea entonces la cuestión de la salida posible de la adolescencia para un sujeto ¿cómo puede tratar ese real para darse una nueva estabilidad en la existencia? En este sentido hay salidas posibles para la adolescencia pero también es posible no salir totalmente y entonces la adolescencia se prolonga, o bien deja lugar a estos nuevos síntomas.
Entonces quisiera en primer lugar decirles algunas palabras sobre lo que es la salida de la adolescencia, ya que se podría decir que la salida de la adolescencia es el nuevo síntoma normal. La salida de la adolescencia, para decirlo brevemente con el Seminario V de Lacan y con la lectura que hace de él J.-A. Miller, da una indicación de lo que sería la salida de la adolescencia a partir del esquema R. En el esquema R se sitúa el esquema L de Lacan reduplicando la línea del eje imaginario y ahí Lacan articula el sujeto en su dimensión de yo (moi), de imagen del cuerpo, del sentimiento que él tiene de sí mismo, de la identificación (esto lo acabo de desarrollar en la conferencia dada en la Facultad de Psicología, en donde articulé la relación al sentimiento de la vida). Lacan dice -como lo desarrolla Miller también- que se trata de que el sujeto le encuentre a su yo otra forma y hace falta para eso que se oriente hacia gran I, hacia el Ideal del Yo.
También es posible otra elección. La otra elección es que se oriente hacia el falo como imaginario, esta es una elección que se hace en la adolescencia. Es una elección que se hace en la adolescencia y no antes por una razón estructural, porque es en este momento que el sujeto se orienta en este sentido.
Hay ciertos comportamientos que pueden desorientarnos y tenemos que evitar considerar como una perversión el comportamiento que nos parece perverso y especialmente cuando se trata de la violencia. La perversión es una elección particular que consiste en apoyarse de manera muy fuerte en el semblante imaginario que, al presentárselo al otro con certeza, producirá en ese otro una división.
Esta noche me interesa más la otra elección, es decir la salida de la adolescencia, poder constituirse un nuevo Ideal del Yo. Para decirlo simplemente, es hacer una nueva elección con el significante: un nombre, una profesión, un ideal, una mujer, una misión en el mundo. Si digo una misión, no piensen que podría virar hacia la psicosis, se habla de misión en el sentido de "ponerse al servicio de", es decir, hacerse un síntoma con su envoltura significante con el cual se pueda tener una satisfacción. Esto lo podemos discutir, pero me parece que de una forma bastante clara da una idea de lo que es la salida de la adolescencia, es decir, acomodarse estando decidido a hacer algo de su vida. No nos tenemos que olvidar que este punto gran I, este punto Ideal del Yo, está orientado por la función paterna, está orientado por el padre y entonces hay en nuestro mundo de hoy una dificultad suplementaria para los adolescentes desde que esa función del padre aparece más degradada que antes. No es tanto que el padre falle más que antes, es que la función paterna en el mundo está tocada. Lacan no dice que la función paterna debería estar intacta, incluso tiene una frase extraordinaria: "Pasarse del padre a condición de servirse de él".
Entonces toda la cuestión es saber cómo a pesar del déficit de la función paterna alguien puede servirse del padre. Déficit de la función paterna quiere decir que el padre aparece mucho más que antes como un semblante. Lo que dice Lacan es que aunque el padre sea un semblante, esto no debería impedir servirse de él, sin creer en él pero sirviéndose de él. Por eso es que hay un gran número de adolescentes que se las arreglan bastante bien. Pasarse del padre a condición de servirse de él, no quiere decir evidentemente, desrealizar la voluntad del padre, ni tampoco no obedecerle y ni siquiera identificarse completamente a él. Yo encuentro que esta frase de Lacan a propósito del padre es muy buena y muy hermosa.
Jaques Brel, cantante francófono belga, en una de sus canciones, creo que se llama "Los Burgueses", evoca a los niños y dice: "él será farmacéutico porque papá no lo era ...", lo cual deja escuchar múltiples sentidos, podría ser entonces por oposición, podría ser para realizar el ideal que el padre no ha podido realizar, etc. Tenemos acá la idea de cómo se da la constitución de ese rasgo gran I, sirviéndose del padre para pasarse de él. Y cuando se presentan dificultades y el sujeto no logra esto, lo resuelve en los nuevos síntomas. Lacan, por otro lado, en su seminario evoca el pasaje de M a I y todas las situaciones intermedias, y de estas situaciones intermedias hay una que es muy clara, muy característica de la adolescencia: es la identificación a la banda de adolescentes.
Bueno, diré algunas palabras sobre cada uno de estos nuevos síntomas, primero sobre la estructura de conjunto.
Toxicomanía
Voy a tomar un caso clínico muy brevemente. Es un señor que he encontrado cuando tenía unos treinta años, un portugués que devino alcohólico al inicio de su adolescencia. Decía que eso había sucedido para no escuchar los gritos de sus padres que se peleaban. Con esto ha hecho un recorrido formidable porque sus padres se dieron cuenta que él tomaba en el sótano mientras ellos discutían, entonces cerraron el sótano con llave. Luego encontró la manera de hacer algo en la puerta para pasar de todas formas. Los padres volvieron a darse cuenta pero ya habían pasado dos o tres años más, entonces lo enviaron a Francia a la casa de su hermana para ponerlo a distancia del sótano paterno. Entonces explicó, que se adaptó muy bien a la vida de provincia, pasó del vino al pastis. Luego de esto tiene un recorrido de adolescente y luego de joven adulto sin domicilio fijo, errante, pero al mismo tiempo se encuentra muy reglado. Lo conocí en una presentación de enfermos, ahí le pregunté: "Durante todo este tiempo, ¿qué pasó con las mujeres?".
"Las mujeres -me dijo- ningún problema. Tuve una regularmente" y tenía un aire más bien de seductor este señor.
"Las he tenido regularmente, pero no estoy seguro de haber paseado una sola vez con una de ellas teniéndola por la mano, mientras que a mi botella siempre la tengo en la mano".
Si bien esto parece divertido al mismo tiempo sitúa de una manera muy clara el partenaire síntoma. Es el síntoma que el sujeto no larga, y en este caso se trata más bien de lo consumible más que del ideal o de la sexualidad.
Creo que es lo que está en juego en la toxicomanía en forma predominante, es lo consumible antes que el ideal o el sexo. Es un goce que, como dice Lacan evita pasar por "la cosita de hacer pipí". Es entonces un goce fuera del sexo y me he preguntado qué se podría escribir en el lugar del síntoma y lo que me planteo es que tal vez lo que convendría mejor es el cálculo de la dosis, el cálculo de la dosis incluyendo el mal cálculo, el juego con la muerte, que es en lo que podría consistir el mal cálculo. A pesar de que los pueda sorprender, encuentro que hay una cierta proximidad entre esta modalidad y la práctica deportiva de alto nivel, porque también está marcada por el cálculo, por el cálculo de la dosis, por el cálculo de la performance. En esto tanto el deporte como la toxicomanía son efectos del discurso de la ciencia y de la economía liberal. Y señalemos además que en el deporte de alto nivel la dosis no está para nada ausente porque existen dificultades con el dopping, las drogas para el rendimiento, pero aún sin tener en cuenta la cuestión del dopage, podemos pensar la dosis como el punto al cual el deportista debe llegar para estar listo, el punto al que está dispuesto a llegar para tratar a su cuerpo incluso hasta el dolor. Si estoy aproximando el toxicómano al deportista, es en relación a estos elementos de estructura. No es un juicio de valor. Yo preferiría de todas formas que mi hijo me diga: "Papá, tengo ganas de hacer deportes" a que me diga que la droga le resulta interesante. Si los aproximo es por este aspecto, para tratar de hacer entender cómo el goce toxicómano tiene su lugar a partir del discurso de hoy y sobre todo particularmente a partir del discurso de la ciencia.
Entonces, con respecto al matema de Lacan que escribí hace un momento en el pizarrón, el síntoma como la marca significante más el goce, esto está explícito en la toxicomanía, del lado del goce: el tóxico; del lado del S1, lo que yo llamo el cálculo de la dosis.
Una palabra sobre la anorexia y la bulimia
La anorexia y la bulimia también tienen una relación al consumo, pero más que con el consumo tienen que ver con la imagen. Hay un rasgo común del goce tanto en la anorexia y la bulimia como en la toxicomanía, es lo que del goce juega sobre el vacío y lo lleno, la falta y la dosis. En esto anorexia y bulimia también son un goce fuera del sexo y tienen en sí mismas la pulsión de muerte y el riesgo de la muerte, pero la diferencia es que toca más a la imagen. Diría que en la anorexia y la bulimia hay una pérdida de la imagen, pequeña i (a) como lo escribe Lacan, es decir, la imagen que se equivale al yo, es la imagen del cuerpo que no es satisfactoria para el sujeto, su envoltura corporal, o sea, su imagen, no es satisfactoria para envolver el cuerpo pulsional, entonces el sujeto trata de recuperar un cuerpo por el límite.
Es la tesis de Recalcati, psicoanalista italiano de Milán, que trabaja mucho con anoréxicos y bulímicos, y que considera que ponen en juego dos medios para recuperar un cuerpo: el anoréxico, apuntando a la contemplación del hueso y el bulímico por el vómito. En el lugar de la imagen del cuerpo, tenemos en estos casos una suerte de producción de objeto que limita el goce y encarna ese límite del goce: el hueso por un lado y el vómito por el otro. El cuerpo encuentra así una estabilidad entre exterior e interior.
En su curso El Otro que no existe, Miller habla de anorexia y bulimia y dice: "En el anoréxico y el bulímico, el Otro se reduce a ser el objeto". Si acá queremos escribir la fórmula del síntoma en el S1 iría el hueso de la anoréxica, es también el significante del cual ella habla y que trata de ubicar en el espejo, es el objeto que en la mirada hace límite a su cuerpo. Pero a la anorexia y a la bulimia no hay que considerarlas como simétricas, no son el positivo y el negativo del mismo problema. Basta ver cómo la anoréxica está del lado de la actividad y vivacidad del pensamiento. Son sujetos muy activos la mayoría de las veces, y también trabajan intelectualmente muy fuerte, mientras que la bulimia está más bien del lado del estupor, hay detenimiento del pensamiento.
Les relataré brevemente sobre una mujer anoréxica a quien vi sólo una vez porque su padre quería que hiciera un análisis. Él era un hombre sabio e idealista y la madre era totalmente paranoica y se oponía al psicoanálisis. Esta joven mujer me dijo que no estaba decidida a hacer un análisis, entonces le dije me podía volver a llamar. Resultó que algunos meses más tarde el padre me llama para comenzar él un análisis.
Mientras se desarrollaba este análisis pude comprender lo que no había visto la primera vez, que esta joven mujer también era psicótica. La situación en la cual esta chica estaba tomada era que su cuerpo era el objeto con el cual la madre intentaba chantajear al padre para que él vuelva a la casa porque se habían separado, el cuerpo de esta chica había llevado la anorexia hasta el límite del riesgo de muerte y estaba ahí esencialmente para ocupar un lugar en la mirada del padre.
El análisis del padre tuvo como efecto que haya podido pacificar un poco su fantasma, que era el de un patriarca familiar; aceptó entonces casi no ver más a su hija hasta el momento en que ella lo llame. No voy a entrar en detalles del análisis del padre, pero en el recorrido que ha hecho esta joven mujer se podría decir que en cierta manera pudo progresivamente domesticar su goce anoréxico.
He discutido recientemente con Eric Laurent a propósito de qué se puede hacer en estos casos y lo que se puede es proponerle al sujeto que vomita y que no puede impedirlo, es venir a vomitar su historia en el consultorio del psicoanalista produciendo un pasaje del lado de lo intelectual pero también del lado del deseo con la idea de que esto podría permitirle a su vez domesticar progresivamente su goce.
Quería hablarles de la violencia en los adolescentes pero me parece que es tiempo de concluir así que no lo podré hacer, hablaré de esto en Córdoba pero diré aunque sea una palabra. Creo que lo que hay que tener en claro sobre la violencia de los adolescentes no se puede tomar fácilmente de forma global. Es un problema del caso por caso, al contrario de los otros nuevos síntomas de los cuales hablé, el síntoma acá se dirige al Otro por definición mientras que en la toxicomanía, anorexia, bulimia, el síntoma es en cierto aspecto un poco autista, en el caso de la violencia no es tal.
Concluiré sobre esto. Señalaré lo que Lacan dice en el Seminario sobre la angustia: el pasaje al acto y el acting out son las últimas barreras contra la angustia. Lo que explica la posición de la violencia es que el síntoma desfallece porque si el síntoma se sostuviera, sería el síntoma el que haría barrera al goce.
Gracias por su atención.
*Conferencia dictada en la EOL- Rosario el 13-03-01. Traducción simultánea de Marcela Errecondo, transcripción de María Eugenia Chaudesaygues. Versión autorizada pero no revisada por el autor.