lunes, mayo 06, 2013


Han pasado los años y Sigmund Freud aún despierta el recelo y la desconfianza . Ese recelo aparece en esta entrevista poco conocida al psicoanalista francés Jacques Lacan (1901/1981), realizada en 1974 por Emilio Granzotto. Inédita hasta que fue  publicada  en  el  Magazine Litteraire  en 2004. 

Merece ser leída aún por aquellos que piensan que el psicoanálisis es sólo una muy costosa  pérdida de tiempo.  Granzotto atraviesa temas disímiles y complejos, y siempre prevalece la agudeza del entrevistado, que no se cansa de repetir que “el psicoanálisis es el reino de la palabra: no hay otro remedio”.


Lacan: “En diez años máximo, el que me lea hallará todo transparente, como una buena jarra de cerveza”   por Emilio Granzotto -1974-  -Magazine Litteraire 2004- 

Foto  captada en Sabana Grande, Caracas, en 1980, por Vasco Szinetar

- Cada vez se habla con más frecuencia de la crisis del psicoanálisis. Se dice que Sigmund Freud está obsoleto, la sociedad moderna ha descubierto que su obra no basta para entender al hombre, ni para interpretar a fondo su relación con el mundo.- Esos son cuentos. En primer lugar, la crisis. No existe tal crisis, no puede haberla. El psicoanálisis aún no ha encontrado sus propios límites. Todavía hay tanto por descubrir en la práctica y en el conocimiento. En el psicoanálisis no hay solución inmediata, sólo la larga y paciente investigación de las razones. En segundo lugar, Freud.¿Cómo puede decirse que está obsoleto si aún no lo hemos entendido a cabalidad? Lo que sí es cierto es que nos ha dado a conocer cosas completamente nuevas que ni siquiera habríamos imaginado antes de él. Desde los problemas del inconsciente hasta la importancia de la sexualidad, desde el acceso a lo simbólico hasta la sujeción a las leyes del lenguaje.Su doctrina pone en tela de juicio la verdad, es una cuestión que nos concierne a todos y cada uno personalmente. Es algo muy distinto a una crisis. Lo repito: estamos lejos de Freud. Su nombre también ha servido para cubrir muchas cosas, ha habido desviaciones, los epígonos no siempre han seguido fielmente el modelo, se han creado confusiones. Tras su muerte en 1939, algunos de sus alumnos también pretendieron ejercer el psicoanálisis de otro modo, reduciendo su enseñanza a una fórmula banal: la técnica como ritual, la práctica restringida al tratamiento de la conducta, y como medio de readaptación del individuo a su entorno social. Es la negación de Freud, un psicoanálisis de comodidad, de salón.El propio Freud lo previó. Solía decir que hay tres posiciones insostenibles, tres tareas imposibles: gobernar, educar y ejercer el psicoanálisis. En nuestros días, poco importa quién asume la responsabilidad de gobernar y todo el mundo se cree educador. En cuanto a los psicoanalistas, gracias a Dios, prosperan, como los magos y los curanderos. Proponer a la gente ayudarla significa un éxito asegurado, y la clientela se atropella a sus puertas. El psicoanálisis es otra cosa.¿Exactamente qué?– Lo defino como un síntoma, revelador de la enfermedad de la civilización en la que vivimos. Ciertamente, no es una filosofía. Aborrezco la filosofía, hace ya mucho tiempo que no dice nada interesante. El psicoanálisis tampoco es una fe y no me gusta llamarlo ciencia. Digamos que es una práctica y que se ocupa de lo que no anda bien. Terriblemente difícil porque pretende introducir en la vida cotidiana lo imposible, lo imaginario. Ha obtenido algunos resultados hasta el presente pero aún no tiene reglas y se presta a todo tipo de equívocos.No hay que olvidar que se trata de algo totalmente nuevo, bien sea con respecto a la medicina, o la sicología y a sus anexos. Además es muy joven. Freud murió hace apenas 35 años. Su primer libro, La Interpretación de los Sueños, fue publicado en 1900, con muy poco éxito. Se vendieron, eso creo, 300 ejemplares en varios años. Tuvo pocos pupilos, a quienes se les tomaba por locos, y que ni siquiera estaban de acuerdo en la manera de poner en práctica y de interpretar lo que habían aprendido.¿Qué es lo que no anda bien en el hombre de hoy?– Es ese gran hastío, la vida como consecuencia del curso del progreso. A través del psicoanálisis, las personas esperan aventurarse hasta donde puedan ir arrastrando ese hastío.¿Qué impulsa a la gente a hacerse psicoanalizar?– El miedo. Cuando le ocurren cosas, incluso cosas que desea, cosas que no comprende, el hombre siente miedo. Sufre por no entender y poco a poco cae en un estado de pánico. Es la neurosis. En la neurosis histérica, el cuerpo enferma de miedo de estar enfermo, sin estarlo en realidad. En la neurosis obsesiva, el miedo mete cosas raras en la mente, pensamientos que no podemos controlar, fobias en las cuales las formas y objetos adquieren significaciones diversas que suscitan miedo.¿Por ejemplo?– El neurótico se siente obligado por una necesidad tremenda de ir docenas de veces a verificar si un grifo está realmente cerrado. O si una cosa está en su lugar, sabiendo sin embargo con certeza que el grifo está como debe estar y que la cosa está en el lugar donde debe estar. No hay píldoras que curen esto. Hay que descubrir por qué esto nos pasa y saber qué significa.- ¿Y la cura?– El neurótico es un enfermo que se cura con la palabra, y sobre todo con su propia palabra. Debe hablar, contar, explicarse a sí mismo. Freud definía el psicoanálisis como la asunción por parte del sujeto de su propia historia, en la medida en que ella está constituida por la palabra dirigida a otro. El psicoanálisis es el reino de la palabra, no hay otro remedio. Freud explicaba que el inconsciente no es tan profundo como inaccesible a un examen profundo de lo consciente. Y decía que en ese inconsciente, el que habla es un sujeto dentro del sujeto, trascendiendo al sujeto. La palabra es la gran fuerza del psicoanálisis.¿La palabra de quién, del enfermo o del psicoanalista?– En el psicoanálisis los términos “enfermo”, “medicina”, “remedio” no son más precisos que las fórmulas pasivas que adoptamos comúnmente. Cuando hablamos de “hacerse psicoanalizar” cometemos un error. Quien hace el verdadero trabajo en el análisis es quien habla, el sujeto analizado. Aunque lo haga de la manera sugerida por el analista quien le indica cómo proceder, y lo ayuda mediante sus intervenciones. Él también proporciona una interpretación.A simple vista, ella parece dar un sentido a lo que dice el analizado. En realidad, la interpretación es más sutil, tendiendo a borrar el sentido de las cosas por las que sufre el individuo. El objetivo es mostrarle a través de su propio relato que el síntoma, digamos la enfermedad, no tiene relación alguna con nada, que está privada de cualquier sentido posible. Aunque en apariencia es real, no existe.Las vías por las que procede este acto de la palabra exigen mucha práctica y una paciencia infinita. La paciencia y la medición son los instrumentos del psicoanálisis. La técnica consiste en saber medir la ayuda que se le da al individuo analizado. En consecuencia, el psicoanálisis es difícil. Cuando se habla de Jacques Lacan se asocia inevitablemente este nombre con una fórmula, el “regreso” a Freud ¿Qué significa esto?– Exactamente lo que se dice. El psicoanálisis es Freud. Si se quiere hacer psicoanálisis, hay que regresar a Freud, a sus términos y definiciones, leídos e interpretados en sentido literal. Yo fundé en París una escuela freudiana precisamente con este objetivo. Hace más de 20 años que expongo mi punto de vista: regresar a Freud significa simplemente despejar el terreno de desviaciones y equívocos de la fenomenología existencial por ejemplo, como del formalismo institucional de las sociedades psicoanalíticas, retomando la lectura de la enseñanza de Freud según los principios definidos y enumerados a partir de su trabajo. Releer a Freud quiere decir sencillamente releer a Freud. Quien no lo hace en el psicoanálisis, utiliza una fórmula abusiva.– Pero Freud es difícil. Y se dice que Lacan lo vuelve francamente incomprensible. A Lacan se le reprocha hablar y sobre todo escribir de una maneta tal que sólo unos pocos adeptos pueden esperar comprender.– Lo sé, se me tiene por un oscuro que esconde su pensamiento tras una cortina de humo. Me pregunto por qué. A propósito del análisis, repito con Freud que es “el juego intersubjetivo a través del cual la verdad entra en lo real” ¿Acaso no está claro? Pero el psicoanálisis no es cosa de niños.Mis libros son definidos como incomprensibles ¿Pero por qué? No los escribí para todo el mundo, para que fueran comprendidos por todos. Al contrario, nunca me ocupé en lo más mínimo de complacer a ningún tipo de lector, quien quiera que sea. Tenía cosas que decir y las dije. Me basta con tener un público que lee. Si no comprenden, paciencia. En cuanto al número de lectores, he tenido más suerte que Freud. Mis libros son incluso más leídos, eso me sorprende.También estoy convencido de que en diez años máximo, el que me lea hallará todo transparente, como una buena jarra de cerveza. Quizá entonces dirán: ‘Este Lacan, que banalidad’”.– ¿Cuáles son las características del lacanismo?– Aún es muy pronto para decirlo, ya que el lacanismo todavía no existe. Apenas se siente su aroma, como un presentimiento.En todo caso, Lacan es un señor que práctica el psicoanálisis desde al menos 40 años y que durante todos esos años lo ha estudiado. Creo en el estructuralismo y en la ciencia del lenguaje. Escribí en mi libro que “a lo que nos lleva el descubrimiento de Freud es a la enormidad del orden en el que hemos entrado, en el que nacimos por segunda vez, si se quiere expresar así, saliendo del estado llamado muy acertadamente infans, sin palabra”.El orden simbólico sobre el cual Freud basó su descubrimiento está constituido por el lenguaje como momento del discurso universal concreto. Es el mundo de la palabra el que crea el mundo de las cosas, inicialmente confusas en todo lo que está por suceder. Sólo las palabras pueden dar un sentido cabal a la esencia de las cosas. Sin las palabras, nada existiría ¿Qué sería el placer sin el intermediario de la palabra?Mi idea es que Freud, enunciando en sus primeras obras – La interpretación de los sueñosMás allá del principio del placerTótem y tabú- las leyes del inconsciente, fue el precursor de la postulación de las teorías con las cuales unos años después Ferdinand de Saussure abriría la vía a la lingüística moderna. Esta está sometida, como todo el resto, a las leyes del lenguaje. Sólo las palabras pueden engendrarla y darle consistencia. Sin el lenguaje, la humanidad no avanzaría ni un paso en las investigaciones sobre el pensamiento. Este es el caso del psicoanálisis. Cualquiera que sea la función que se le atribuya, agente de sanación, de formación o de sondeo, sólo hay un medio del cual nos servimos: la palabra del paciente. Y toda palabra amerita una respuesta. Luego, es análisis en tanto que diálogo. Hay personas que lo interpretan más bien como un sucedáneo de la confesión.- ¿Pero qué confesión? No le confesamos nada al psicoanalista. Uno se deja llevar a decirle cosas, simplemente, todo lo que nos pasa por la cabeza. Palabras, precisamente. El descubrimiento del psicoanálisis es el hombre como animal hablante. Le corresponde al analista ordenar las palabras que escucha y darles un sentido, una significación. Para hacer un buen análisis, hace falta un acuerdo, la alianza entre el analizado y el analista.A través del discurso de uno, el otro intenta de hacerse una idea de lo que se trata y descubrir más allá del síntoma aparente el nudo difícil de la verdad. La otra función del analista es explicar el sentido de las palabras para hacer entender al paciente lo que puede esperarse del análisis.– Es una relación de extrema confianza.– Más bien un intercambio donde lo importante es que uno habla y el otro escucha. También el silencio. El analista no plantea preguntas y no tiene ideas. Sólo da las respuestas que quiere darle a las cuestiones que suscitan su deseo. Pero al final del final, el analizado siempre va a donde lo lleva el analista.– Acaba de hablar de la cura ¿Hay posibilidad de curar? ¿Superar la neurosis?– El psicoanálisis triunfa cuando limpia el terreno, sale del síntoma, sale de lo real. Es decir, cuando llega a la verdad.¿Podría enunciar el mismo concepto de una manera menos lacaniana?– Llamo síntoma a todo lo que viene de lo real. Y real a todo aquello que anda mal, que no funciona, que se opone a la vida del hombre y al enfrentamiento de su personalidad. Lo real siempre regresa al mismo lugar. Siempre lo encontramos allí, con los mismos rostros. Los científicos tienen razón al decir que nada es imposible en lo real. Hace falta un tupé sagrado para afirmar cosas de este tipo, o bien, como lo supongo, la total ignorancia de lo que se hace y se dice.Lo real y lo imposible son antitéticos, no pueden ir juntos. El análisis empuja al individuo hacia lo imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, es decir imaginario, sin significación. Mientras que lo real, como un pájaro voraz, no hace más que nutrirse de cosas con sentido, acciones que tienen un sentido.Escuchamos repetir que hay que darle sentido a esto o aquello, a sus propios pensamientos, a sus propias aspiraciones, a los deseos, al sexo, a la vida. Pero no sabemos nada de nada sobre la vida. Los sabios se afanan en explicárnoslo.Mi temor es que por su fracaso, lo real, esa cosa monstruosa que no existe, termine por tomarlo, por arrastrarlo. La ciencia sustituye a la religión y además es más despótica, obtusa y oscurantista. Hay un dios-átomo, un dios-espacio, etc. Si la ciencia gana o la religión, el psicoanálisis está acabado.– ¿En nuestros días, que relación existe entre la ciencia y el psicoanálisis?– Para mí, la única ciencia verdadera, seria, a seguir, es la ciencia-ficción. La otra, la oficial, la que tiene sus altares en los laboratorios, avanza a tientas, sin equilibrio. E incluso, comienza a tener miedo de su propia sombra.Parece que a los sabios les está llegando el momento de la angustia. En sus laboratorios asépticos, en sus batas almidonadas, esos viejos chiquillos que juegan con cosas desconocidas, fabricando aparatos cada vez más complicados e inventando fórmulas cada vez más oscuras, comienzan a preguntarse lo que podrá venir mañana, a dónde nos llevarán finalmente sus investigaciones siempre novedosas. En fin, yo me pregunto ¿y si fuera demasiado tarde? Los biólogos se lo preguntan hoy, o los físicos, los químicos. Para mí, están locos. Aunque ya están en el proceso de cambiarle el rostro al universo, sólo ahora, en el presente se les ocurre preguntarse si por casualidad esto no podría ser peligroso ¿Y si todo saltara? ¿Si las bacterias cultivadas tan amorosamente en los blancos laboratorios se transformaran en enemigos mortales? ¿Y si el mundo fuera barrido por una horda de estas bacterias con toda la mierda que lo habita, comenzando por esos sabios de los laboratorios?A las tres posiciones imposibles de Freud, gobierno, educación, psicoanálisis, yo le agregaría una cuarta, la ciencia. Salvo que los sabios no saben que su posición es insostenible.– Esa es una visión bastante pesimista de lo que llamamos progreso.– No, es otra cosa. No soy pesimista. No pasará nada. Por la sencilla razón de que el hombre es un bueno para nada, ni siquiera es capaz de destruirse a sí mismo. Personalmente, me parecería maravillosa una calamidad total producida por el hombre. Esa sería la prueba de que ha llegado a hacer algo con sus manos, su cabeza, sus intervenciones divinas, naturales o de otra especie.Todas esas bellas bacterias sobrealimentadas por diversión, diseminadas en el mundo como las langostas de la Biblia, significarían el triunfo del hombre. Pero eso no sucederá. La ciencia atraviesa, afortunadamente, por una crisis de responsabilidad, todo entrará en el orden de las cosas, como se dice. Yo lo anuncié: lo real tomará la delantera, como siempre. Y nosotros seremos como siempre dichosos.– Otra paradoja de Jacques Lacan. Se le reprocha, además de la dificultad del lenguaje y oscuridad de los conceptos, los juegos de palabras, las bromas del lenguaje, los retruécanos a la francesa, y precisamente, las paradojas. Quien lo escucha o quien lo lee tiene el derecho a sentirse desorientado.– De hecho, ya no bromeo, digo cosas muy serias. Me sirvo solamente de la palabra como los sabios de los que he hablado se sirven de sus alambiques y de sus instalaciones electrónicas. Siempre busco referirme a la experiencia del psicoanálisis.– Usted dice: lo real no existe. Pero el hombre promedio sabe que lo real es el mundo, todo lo que lo rodea, lo que ve con sus ojos, lo que toca.– Deslastrémonos también de este hombre promedio que, en principio no existe. Existen individuos, eso es todo. Cuando escucho hablar del hombre común, de fenómenos de masa y de cosas de ese tipo, pienso en todos los pacientes que he visto pasar por el diván en cuarenta años de escucha. Ninguno, en medida alguna, se parece al otro, ninguno tiene las mismas fobias, las mismas angustias, la misma manera de relatar, el mismo miedo de no entender. El hombre promedio ¿quién es ese? ¿Yo, usted, mi conserje, el presidente de la república?– Hablábamos de lo real, del mundo que vemos todos.- Exactamente. La diferencia entre lo real, es decir lo que está mal, y lo simbólico, lo imaginario es decir la verdad, es que lo real es el mundo. Para constatar que el mundo no existe, que no hay mundo, basta con pensar en todas las banalidades que una infinidad de imbéciles creen que es el mundo. Y yo invito a mis amigos de Panorama, antes de acusarme de paradójico, a reflexionar sobre lo que apenas han leído.– Se diría que usted es siempre pesimista.– Eso no es cierto. No me clasifico ni entre los alarmistas ni entre los angustiados. Será muy infeliz el psicoanalista que no haya superado el estadio de la angustia. Es cierto, a nuestro alrededor hay cosas horripilantes y devoradoras, como la televisión por medio de la cual una gran parte de nosotros es fagocitada. Pero esto sólo ocurre porque hay personas que se dejan fagocitar, que hasta se inventan un interés por lo que ven.Luego, hay otros ardides monstruosos igualmente devoradores: los cohetes que van a la luna, las investigaciones en el fondo de los océanos, etc. Todas cosas que devoran. Pero no hay motivo para dramatizar. Estoy seguro de que cuando nos hartemos de los cohetes, de la televisión y de todas las malditas investigaciones al vacío, encontraremos otra cosa de qué ocuparnos. Es una reviviscencia de la religión ¿verdad? ¿Y qué mejor monstruo devorador que la religión? Es una fiestas continua para divertirse durante siglos como ya ha quedado demostrado.Mi respuesta a todo eso, es que el hombre siempre ha sabido adaptarse al mal. Lo único real que podemos concebir, a lo que tenemos acceso es justamente eso: habrá que buscarle una razón, darle sentido a las cosas, como decimos. De otro modo, el hombre no tendría angustia, Freud no se habría hecho célebre, y yo sería profesor de liceo.– ¿Las angustias siempre son de esta naturaleza o existen angustias ligadas a ciertas condiciones sociales, a determinadas épocas históricas, a algunas latitudes?– La angustia del sabio que tiene miedo de sus descubrimientos puede parecer reciente. ¿Pero qué sabemos de lo que ocurrió en otros tiempos? ¿De los dramas des otros investigadores? La angustia del obrero esclavo en la cadena de producción como en la rama de una galera, es la angustia de hoy. O, más sencillamente, está vinculada con las otras definiciones y palabras de hoy.¿Pero qué es la angustia para el psicoanálisis?– Algo que se sitúa más allá de nuestro cuerpo, un miedo, pero de nada, que el cuerpo, incluido el espíritu, puede motivar. El miedo del miedo, en resumen. Muchos de esos miedos, muchas de esas angustias, al nivel que las percibimos tienen que ver con el sexo. Freud decía que la sexualidad, para el animal hablante que se llama hombre, no tiene ni remedio ni esperanza. Una de las tareas del analista es encontrar en la palabra del paciente la relación entre la angustia y el sexo, ese gran desconocido.– Hoy en día, cuando el sexo se distribuye por todas partes, sexo en el cine, sexo en el teatro, sexo en la televisión, sexo en los periódicos, en las canciones, en las playas, se dice que las personas siente menos angustia por los problemas ligados a la esfera sexual. Los tabúes han caído, se dice, el sexo ya no da miedo.– La sexomanía invasora no es más que un fenómeno publicitario. El psicoanálisis es una cosa sería que tiene que ver, lo repito, con una relación estrictamente personal entre dos individuos: el sujeto y el analista. No existe el psicoanálisis colectivo, así como no hay angustias o neurosis de masas.Que el sexo sea puesto al orden del día en cada esquina, tratado como un detergente cualquiera en los carruseles televisados, no implica ninguna promesa de beneficio alguno. No digo que eso sea malo. No basta ciertamente con tratar las angustias y los problemas particulares. Hay que partir de la moda, de esa fingida liberalización que se nos da, como un bien otorgado desde arriba, por la supuesta sociedad permisiva. Pero no sirve a nivel del psicoanálisis.[Este texto fue recuperado por la revista francesa Magazine Litteraire 428, en febrero de 2004]

lunes, febrero 25, 2013


CONSIDERACIONES SOBRE LA HISTERIA
Bruselas, 26 de febrero de 1977
Jacques Lacan


Texto establecido por Jacques-Alain Miller


Publicado en la revista Quarto, nº 90


Introducción
¿Qué fue de las histéricas de antaño, de aquellas maravillosas mujeres, las Anna O, las Emmy von N?
No sólo jugaron un cierto papel sino un papel social cierto (*). Fueron ellas quienes permitieron el nacimiento del psicoanálisis cuando Freud se dispuso a escucharlas. Al escucharlas, Freud inauguró una modalidad completamente nueva de la relación humana.
¿Qué sustituye actualmente a los síntomas histéricos de otro tiempo? ¿No se ha desplazado la histeria en el campo social? ¿No la habrá reemplazado la chifladura psicoanalítica?
Nos parece cierto ahora que a Freud le afectaba lo que le contaban las histéricas. El inconsciente se origina en el hecho de que la histérica no sabe lo que dice cuando, de hecho, algo dice con las palabras que le faltan. El inconsciente es un sedimento de lenguaje.
En el extremo opuesto de nuestra práctica está lo real. Se trata de una idea límite, la idea de lo que no tiene sentido. En nuestra práctica operamos con el sentido, es decir con la interpretación. En tanto objeto de la ciencia -y no del conocimiento que es más que criticable-, lo real es ese punto de fuga. Lo real es el objeto de la ciencia.
Considerada desde ese punto de fuga al menos, nuestra práctica es una estafa: embaucar, asombrar a la gente, deslumbrarla con palabras. Esas palabras son un camelo, lo que habitualmente llamamos un camelo. Es lo que Joyce designaba con esas palabras más o menos infladas de donde nos viene todo el mal.
Lo que digo aquí está en el centro del problema de lo que aportamos al tejido social. Es por lo que sugerí que había algo que estaba sustituyendo a esa sopladura que es el síntoma histérico.
Un síntoma histérico es algo muy curioso. Se soluciona a partir del momento en que la persona, que verdaderamente no sabe lo que dice, comienza a balbucear.
¿Y el histérico macho? Ni uno se encuentra que no sea una hembra.
Freud convirtió a ese inconsciente, del que no comprendía estrictamente nada, en representaciones inconscientes. ¿Qué podrían ser las representaciones inconscientes? En su Unbewusste Vorstellungen hay una contradicción en los términos. Intenté explicarlo, promoverlo, para instituirlo en el plano de lo simbólico. Lo simbólico consiste en palabras, nada que ver con representaciones. Y en última instancia sí, se puede concebir que las palabras sean inconscientes. No son más que palabras lo que se cuenta, y a montones. En conjunto, hablan sin saber absolutamente nada de lo que dicen. Por lo que el inconsciente no tiene cuerpo más que de palabras.
Me incomoda atribuirme un papel en esta ocasión pero, me atrevo decirlo, fui piedra de escándalo en el campo de Freud. No estoy tan orgulloso. Incluso diré más, no estoy orgulloso de haber sido aspirado por una práctica que he continuado como he podido y que, después de todo, nada asegura que la sostenga hasta reventar. Pero está claro que soy el único en haber dado su peso a eso hacia lo que Freud se vio aspirado por la noción de inconsciente.
Todo esto trae algunas consecuencias consigo. Que el psicoanálisis no sea una ciencia, cae por su propio peso. Incluso es exactamente lo contrario. Cae por su propio peso si pensamos que una ciencia sólo se desarrolla con pequeños artilugios que son artilugios reales, y que además es preciso saber construirlos. Por eso, sin duda, hay todo un lado artístico en la ciencia. Es fruto de la industria humana: es preciso saber-hacer-con. Pero ese saber-hacer-con desemboca en el plano del camelo. Un camelo es a lo que normalmente llamamos lo bello.

Se dice: ¡qué bella demostración!
Elucubro una geometría, a la que llamo de sacos y cuerdas, geometría de la trama, que nada tiene que ver con la geometría griega, hecha de abstracciones. Lo que intento articular es una geometría que resista.
Podría estar al alcance de lo que llamaría todas las mujeres si las mujeres no se caracterizaran precisamente por no ser todas. Por eso, aún teniendo el material, los hilos, las mujeres no lograron hacer esa geometría a la que me aferro.
Quizás la ciencia tomara otro cariz si hiciéramos con ella una trama, o sea algo que se resolviera con hilos. En fin, no sabemos si nada de esto tendrá la menor fecundidad.
Aun siendo cierto que a una demostración se la puede calificar de bella, los cables se nos cruzan totalmente cuando no se trata de una demostración, sino de algo muy, muy paradójico y a lo que intento llamar como puedo, una mostración. Es curioso percatarse de que, en ese entrecruzamiento de hilos, hay algo que se impone como real, como otro nudo de real.
Hice la experiencia. No se pueden imaginar hasta qué punto me preocupan esas historias de lo que en un tiempo llaméredondeles de cuerda. No es cualquier cosa llamarlos así. Esas historias de redondeles de cuerda me preocupan mucho cuando me quedo solo. Les ruego que hagan la prueba, verán que es irrepresentable, enseguida se nos cruzan los cables. El nudo borromeo todavía llegamos a representarlo, pero hace falta ejercitarse. Negro sobre blanco, también se pueden dar de él representaciones planas con las que no nos orientamos. No se le reconoce. Éste de aquí es un nudo borromeo porque, si se rompe una de las cuerdas, las otras dos quedan libres.
No es azaroso que llegara a atragantarme con esas representaciones de nudos. Me preocupan verdaderamente. Conducido, dirigido como por una rampa, continué con esa práctica, con ese bla-bla-bla que es el psicoanálisis, y de todas maneras es sorprendente que todo eso me haya conducido hasta aquí, porque en Freud no hay rastro del nudo borromeo. Sin embargo, considero que fueron precisamente las histéricas quienes me guiaron. Yo no me atenía menos a la histérica, a lo que continuamos teniendo al alcance de la mano como histérica.
Me molesta emplear la primera persona (je), porque decir el yo (moi), confundir la conciencia con el yo (moi), no es serio. Sin embargo, es fácil deslizarse del uno al otro. Es sorprendente pensar que también empleamos la palabra carácter a tontas y a locas. ¿Qué es un carácter e incluso un análisis del carácter, como se expresa Reich? Es extraño, no obstante, que nos deslicemos con tanta facilidad.
Lo que nos interesa son los síntomas y saber cómo, con el bla-bla-bla, llegamos a disolverlos, con nuestro propio bla-bla-bla, es decir, con el uso de ciertas palabras. Lo que sorprende en los Studien uber Hysterie es que Freud llega casi, incluso del todo, a vomitar que todo ello se resuelve con palabras, que con las propias palabras de la paciente, se evapora el afecto.
La cuestión es saber si el afecto se ventila, o no, con palabras. Algo sopla en esas palabras que vuelve inofensivo el afecto, es decir, que no engendra síntoma. El afecto ya no engendra síntoma una vez que la histérica ha empezado a contar aquello con lo que se asustaba.
Decir que se asustaba tiene todo su peso. Si es preciso un término reflexivo para decirlo es porque se da miedo a sí misma. Ahí estamos en el circuito de lo que es deliberado, de lo que es consciente.

¿En qué consiste enseñar?
Se trata de provocar en los otros el saber-hacer-con, es decir, saber desenvolverse en este mundo, que en absoluto es el mundo de las representaciones sino el mundo de la estafa.

Lacan es freudiano, pero Freud no es lacaniano
Es completamente verdad. Freud no tuvo ni la menor idea de lo que Lacan se encontró farfullando en torno a algo de lo que alguna idea tenemos y que es lo real. Puedo hablar de mí en tercera persona. La idea de la representación inconsciente es una idea totalmente vacía. Freud daba palos de ciego en relación con el inconsciente. Ante todo, se trata de una abstracción. La idea de representación sólo puede sugerirse sustrayéndole a lo real todo su peso concreto. La idea de la representación inconsciente es una locura. Pero es así como lo aborda Freud. Hay huellas hasta muy tarde en sus escritos.
Propongo que se le dé otro cuerpo al inconsciente porque es pensable que se piense en las cosas sin pesarlas, basta para eso con las palabras. Las palabras dan cuerpo. Lo que en absoluto quiere decir que se comprenda nada en ellas. El inconsciente consiste en eso: en que nos guían palabras de las que no comprendemos nada.
Tenemos la muestra cuando la gente habla a tontas y a locas. Está bastante claro que a las palabras no se les da el peso de su sentido. Hay todo un mundo entre el uso de los significantes y el peso de la significación, la forma en que opera un significante. De eso se trata en nuestra práctica: de abordar cómo operan las palabras.
Lo esencial de lo que dijo Freud es que, en una especie que tiene palabras a su disposición, existe la mayor relación entre el uso de las palabras y la sexualidad que reina en esa especie. La sexualidad está enteramente capturada en esas palabras. Ése es el paso esencial que dio Freud. Es mucho más importante que saber lo que quiere o no quiere decir el inconsciente. Freud puso el acento en ese hecho.
Todo esto es la histeria misma. No es un mal uso el de utilizar la histeria en un sentido metafísico. La metafísica es la histeria.

Estafa y proton pseudos
Estafa y proton pseudos son lo mismo. Freud dice lo mismo que lo que yo llamo con un nombre francés. Tampoco podía decir que educaba a unos cuantos estafadores. Desde el punto de vista ético, nuestra profesión es insostenible. Por eso es por lo que me enferma –porque tengo un superyó, como todo el mundo.
No sabemos cómo gozan los otros animales, pero sabemos que, para nosotros, el goce es la castración. Todo el mundo lo sabe porque es completamente evidente. Tras lo que imprudentemente llamamos el acto sexual, como si hubiera un acto, ya no nos volvemos a empalmar. Utilicé la palabra castración, la castración, como si fuera unívoca, pero incontestablemente hay varios tipos de castración. Todas las castraciones no son automorfas.
Contrariamente a lo que pudiera creerse –morphé, forma–, el automorfismo no es en absoluto una cuestión de forma, como hice notar en mi cháchara seminarista. Forma y estructura no son lo mismo. He intentado dar representaciones sensibles de esto. No se trata de representaciones, sino de mostraciones. Cuando se le da la vuelta a un toro, se obtiene algo completamente diferente desde el punto de vista de la forma. Hay que diferenciar entre forma y estructura.

La estafa: ¿con la forma, o con la estructura?
Sólo persigo la noción de estructura con la esperanza de escapar de la estafa. Con la esperanza de alcanzar lo real, sigo la pista de esa noción de estructura que, no obstante, tiene un cuerpo de lo más evidente en matemáticas. En psicología, la estructura se pone del lado de la Gestalt. Pero si decimos que hay un inconsciente, la psicología es una futilidad.
Tenemos el modelo de la Gestalt, que es con toda evidencia el de la burbuja. Ahora bien, lo propio de la burbuja es estallar. Como es que cada cual hemos sido paridos como una burbuja, no podemos sospechar que haya algo distinto a la burbuja.
Se trata de saber si Freud es un acontecimiento histórico, o no lo es. Y Freud no es un acontecimiento histórico. Creo que falló el golpe, al igual que yo. Dentro de muy poco tiempo, a todo el mundo se la sudará el psicoanálisis. Sólo una cosa se ha demostrado: que está claro que el hombre pasa el tiempo soñando, que nunca se despierta. Nosotros lo sabemos, nosotros los psicoanalistas, viendo lo que los pacientes nos proporcionan y somos, en este caso, tan pacientes como ellos: no nos proporcionan más que sueños.

La dificultad de hablar de lo real
Es muy cierto que no es fácil hablar de lo real. Por ahí ha empezado mi discurso. Es una noción muy común y que implica la evacuación completa del sentido y por lo tanto la nuestra, en tanto interpretante.

Las castraciones
La castración no es única. El uso del artículo definido no es bueno, o hay que utilizarlo en plural. Siempre hay castraciones. Para que se pudiera aplicar el artículo definido, haría falta que se tratara de una función autoestructurada y no automorfa, quiero decir que tuviera la misma estructura. No queriendo decir auto otra cosa que estructurado por sí, parido de la misma manera, anudado del mismo modo –en topología hay ejemplos a montones.
El uso de ellaloslas es siempre sospechoso porque hay cosas que tienen una estructura diferente por completo y que no se puede designar con el artículo definido, porque no hemos visto cómo se ha parido.
Por esa razón elucubré la noción de objeto a. El objeto a no es automorfo. El sujeto no se deja penetrar siempre por el mismo objeto, de vez en cuando le pasa que se equivoca. Eso es lo que quiere decir la noción de objeto a: quiere decir que nos equivocamos de objeto a. Nos equivocamos siempre a nuestra costa. ¿De qué serviría equivocarse si no fuera un fastidio? Es por lo que se construyó la noción de falo. El falo no quiere decir más que esto, un objeto privilegiado con el que no nos equivocamos.
Sólo se puede decir la castración cuando hay identidad de estructura, y sin embargo hay cuarenta estructuras diferentes, no automorfas. ¿Es a eso a lo que se llama goce del Otro, a un encuentro de identidad de estructura? Lo que quiero decir es que el goce del Otro no existe, porque no se le puede designar con el. El goce del Otro es diverso, no es automorfo.

¿Por qué los nudos?
Los nudos me sirven como lo más cercano que he encontrado a la categoría de estructura. Me tomé alguna molestia para llegar a cribar lo que podría ser una aproximación a lo real.
La anatomía, en el animal o la planta –es la misma historia– son puntos triples, cosas que se dividen. La “y”, que es una ípsilon, sirvió desde siempre para soportar formas, es decir, algo que tiene sentido. Hay algo de lo que partimos y que se divide. El bien a la derecha, el mal a la izquierda.
¿Qué había antes de la distinción bien/mal, antes de la división entre lo verdadero y la estafa? Antes de que Hércules vacilara en el cruce de caminos entre el bien y el mal, ya había algo. Ya seguía un camino. ¿Qué es lo que ocurre si cambiamos de sentido, si orientamos la cosa de diferente manera? Tendremos, a partir del bien, la bifurcación entre el mal y lo neutro.
¿Y en qué consiste la neutralidad del analista sino precisamente en esa subversión del sentido? Es decir en esa especie de aspiración, no hacia lo real sino por lo real.

¿La psicosis escapa a la estafa?
La psicosis es perjudicial para el psicótico porque, en fin, no es lo que de más normal pueda desearse. Y sin embargo, se conocen los esfuerzos de los psicoanalistas por parecérseles. Freud ya hablaba de paranoia lograda.

More geometrico
A causa de la forma, el individuo se presenta como fue parido, como un cuerpo. Un cuerpo se reproduce a través de una forma. El cuerpo hablante no puede llegar a reproducirse sino a través del error, es decir, gracias a un malentendido de su goce.

La estructura
Cuando se sigue la estructura, nos persuadimos del efecto de lenguaje. El afecto está hecho con el efecto de la estructura, con lo que se dice en alguna parte.

El amor
Lo que nos revela nuestra práctica es que el saber, el saber inconsciente, tiene relación con el amor.

(*) Se estableció este texto partiendo de una primera transcripción aparecida con mi autorización en el segundo número de Quarto en 1981; esa transcripción utilizaba las notas manuscritas del Sr. José Cornet y de la Sra. Isabelle Gilson-Simon. –JAM.

Traducción de Carmen Ribés

lunes, febrero 04, 2013


Eric Laurent: “El efecto crisis produce una incertidumbre masiva”

Para el psicoanalista francés hoy la adicción al juego, al sexo, al trabajo, las toxicomanías… son síntomas de la desagregación de los lazos sociales devenidos de la crisis de las representaciones de la autoridad, entre otras. Allí Laurent revindica el papel del psicoanálisis, aunque “no produzca buenas noticias”(*)

ERIC LAURENT. El psicoanalista francés en su última visita a Buenos Aires (David Fernández)


    Contra las certezas universales, el psicoanalista francés Eric Laurent reivindica el lugar desacoplado de su práctica en el régimen de discurso dominante en la época, el de la ciencia. Y cuestiona los resultados de las “soluciones” globales al dolor de vivir, aplastado por un optimismo mercantilista que no hace más que generar nuevos inconvenientes y una angustia que a falta de brújulas singulares, se oscurece por medio de fármacos, drogas, soluciones inmediatas, compulsión y placebos como el consumo sin freno y la felicidad obligatoria. Esta es la conversación que sostuvo con Ñ digital en un aparte de su participación en el VIII Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP) que sesionó la semana pasada en Buenos Aires.
La crisis financiera global, ¿cómo encuentra a los analizantes, sometidos cada vez a efectos más nocivos que se venden como soluciones?
Los encuentra de manera más grave, más angustiados, perdidos. Diría que en los analizantes, el “efecto crisis” provoca una incertidumbre masiva. Esa angustia puede escucharse. Las cosas aparecen ensombrecidas. Existen más depresiones, una notable ausencia de deseo, según cada sujeto. Pero hasta los que están más animados, incluso los hipomaníacos, los que desafían al fetichismo del contexto, también están marcados.
Los síntomas ¿cambian, han cambiado en este año y medio?
Los síntomas son los que aparecen, los que ya aparecen: toxicomanías en general; todo (o casi todo) puede transformarse en algo adictivo; el juego, el sexo, el trabajo, etcétera; y como respuesta, al interior del discurso del amo, una mayor voluntad de vigilar, castigar, prohibir, que provoca en el sujeto, lógicamente, una creciente voluntad de destrucción. ¿Quieren prohibir? Entonces quiero más. Esto es muy común entre los jóvenes. Pero no sólo entre los jóvenes. Pero los jóvenes, de esa manera, demuestran la impotencia del otro, su megalomanía, sus maneras de sobrevivir a la punición. Porque también es evidente la transformación del ideal de juventud: ahora se trata de conseguir una juventud “eterna”.
¿Eso es lo que se llama la “infantilización generalizada”?
Digamos que la desagregación del lazo social es contigua a la caída de las representaciones de la autoridad y a las prohibiciones que implica. A pesar de que Freud dijo que en la cultura existe algo que no anda, un malestar, ahora hay un plus, un “más” que se intenta civilizar sin éxito, y que provoca el retorno de una voluntad de goce nueva, imparable. Y que por esa razón, de estructura, se produce un llamado de más vigilancia y más prohibición.
El sujeto del tardocapitalismo, inerme, desamparado, ¿cómo enfrenta la angustia?
El recurso más difundido hoy día es el uso de alcohol y drogas. Existen antecedentes: la prohibición del alcohol en los Estados Unidos durante un tiempo el siglo pasado. Esa política multiplicó los mercados negros y el consumo. Y lo mismo pasó con las drogas: prohibición, “permisividad”. Después, guerra contra las drogas. Y el efecto resultó el contrario al buscado. ¿Es una política? No lo descartaría. Ahora mismo, el consumo de drogas está globalizado. Y aparecen nuevas sustancias todo el tiempo. Además de mafias y armas a un nivel nunca visto. Y Estados de Derecho en peligro. México, por ejemplo, que está al borde de la catástrofe.
Legalizar el consumo, ¿no sería un principio de solución?
Es relativo. Pero sí cambiar de perspectiva. En la reciente cumbre de Colombia, el presidente de Guatemala dijo sobre este tema que habría que empezar a pensar en otro sistema. Y después lo hizo el presidente colombiano. Porque de atender a la dialéctica estadounidense sobre alcohol y drogas, el efecto es tanto un llamado al goce como a una mayor vigilancia. Pero liberalizar sin control es tan absurdo como soñar que se terminará la producción de sustancias. A mi juicio, no se trata de liberalización o prohibición total sino de adaptación: cómo puede ser regulada cada sustancia, para reducir el daño a los estados, a la gestión policial y a los sujetos. Eso implica un cálculo político. Entre el empuje al goce y la prohibición, el problema no se resolverá por una dialéctica que ya mostró sus resultados. Es necesario inventar instrumentos de orientación, incluso instrumentos legales nuevos para salir de esa falsa oposición, que es la doble cara de la pulsión de muerte.
¿Y qué está sucediendo con los llamados trastornos alimenticios, la anorexia, la bulimia, la obesidad?
Están en la misma serie anterior. Pero aclarando que esos males son propios de países que han “resuelto” el problema de la alimentación. Porque no es lo mismo en las zonas donde la comida casi no existe y lo que está en juego es la supervivencia. Pero en el caso de estar “resuelto”, puede verse que la pulsión oral es imposible de domesticar. Y tenemos también las dos caras: restricción o producción. Del lado femenino, existe una industria de la “belleza” anoréxica. Y del otro, la bulimia: en los Estados Unidos, en el lapso de una generación, se ha multiplicado el número de personas obesas. Y los factores son similares y distintos, y múltiples las determinaciones, como en el caso de las toxicomanías: destrucción del lazo social, ansiedad, demasiada azúcar, demasiada sal, producción de alimentos artificiales, etcétera. Y un dato nuevo: la voluntad de hacer desaparecer el tabaco… está muy bien: limitó el número de los cánceres de pulmón, pero sorpresa, aumentó la cantidad de casos de diabetes. Porque el tabaco era una manera de controlar el peso. Y el peso es un factor central en la diabetes.
Pero ¿no se hicieron estudios previos?
Existen médicos que reconocen que esos efectos -colaterales- no se calcularon. La  diabetes, ahora, es la causa de muerte más común en los países centrales. Esto no se puede resolver con una prohibición: prohibir el azúcar, el tabaco, la sal, las grasas. Esos son sueños… sueños de la razón que producen monstruos. Entre el empuje al goce y la prohibición, se producen impasses…
¿Cómo resolver esos impasses?
Creo que con soluciones “a medida”, para cada uno. Pensar soluciones globales, leyes universales que resuelvan esta situación, normas de salud impuestas por burocracias sanitarias, es otro sueño. Pero encontrar, cada uno, un camino entre estos impasses, eso es posible, de acuerdo a la relación particular que se tenga con el goce. Aclarando que el psicoanálisis no está en todos lados. Y que su dignidad como práctica implica cierto desajuste respecto a las normas de la civilización. El psicoanálisis no produce buenas noticias. No promete la felicidad inmediata. Pero lo más importante es que no es una ciencia. Y el régimen de discurso dominante es la ciencia. El psicoanálisis es una disciplina crítica, que constata los efectos de la ciencia. Es el discurso que comenta los efectos de la ciencia sobre la civilización. Y sobre los sujetos, uno por uno. Pero el modo de certeza del psicoanálisis también es criticado, es odiado, rechazado, porque no puede ser alcanzado fuera de la cura analítica.
¿Criticado, odiado, rechazado?
Efectivamente. Porque para obtener una certeza (singular), hay que pasar por la experiencia analítica. Eso es lo que se rechaza. La ciencia, en cambio, no supone ninguna experiencia singular. Supone la razón, el cálculo y el trabajo. El psicoanálisis ocupa un lugar extraño, como el de un inmigrante. Porque el orden simbólico, tal como se lo conocía, no existe más. Existen sólo las leyes de la ciencia. Pero la ciencia no puede dar cuenta de todo. La teoría de todo no existe. La difusión de la ciencia en este nuevo orden, hace que el sujeto sea enviado a sus angustias fundantes, sin saber cómo orientarse. Y la salida, en esta visible oscuridad, no parece pasar por las buenas intenciones, las religiones privadas o las variaciones new age.- 
*Entrevistado por P.Chacón   

lunes, enero 14, 2013


Las dos caras de la angustia. 

Vicente Palomera (Barcelona)


En tiempos inciertos, angustia cierta. La angustia es el único afecto que no engaña. En ella parece prenderse algo que no se consigue decir, que excede la significación y que se niega a admitir nuestra existencia como sujetos. La angustia no se deja atrapar en ninguna forma de discurso, se presenta cruda, sin atributos.
Hoy ya no es “metafísica”, menos aún “existencial”. Se le puso la etiqueta de panic-attack, pero con este atributo, se acabó confundiendo la angustia con el miedo, el pánico. Al colocarla en el registro de las emociones negativas, se ha visto reducida a un “déficit de adaptación del cuerpo”, a un “error de juicio” o una “inhibición de un proceso cognitivo”. En fin, se pretende erradicar la angustia con métodos sugestivos, incluso coercitivos.
Para mostrar la relación que mantiene la angustia con el deseo, Lacan relató, en 1962, una fábula de gran valor didáctico. Imaginemos una enorme mantis religiosa que se aproxima a nosotros mientras llevamos puesta una máscara de una animal, como en el baile del ‘Azeri Dantza’ en Hernani, donde un hombre baila con la máscara de zorro. En el caso que presenta Lacan, el hombre no sabe qué mascara lleva pero sabe, desde luego, que si llevase puesta la máscara del macho de la mantis tendría muchas razones para sentir angustia. Ve aquí el límite en el que empieza a surgir la angustia, que siempre está relacionada con una x desconocida, pero justamente no es esta x la que produce la angustia sino el objeto que nosotros podríamos ser, sin saberlo. Se puede entonces decir y probar clínicamente que el deseo se presenta siempre como una xdesconocida y, en segundo lugar, que la angustia está ligada a la incertidumbre respecto a la identidad, a no saber qué objeto se es para el Otro. Imaginemos ahora, por un instante, que ese hombre de la danza ve reflejada en el globo ocular de esa mantis hembra su imagen con la máscara del macho, entonces el nivel de la angustia será desbordante.
Lo que la fábula de Lacan pretende mostrar es que la incertidumbre de no saber qué es uno para el Otro es más tranquilizadora que la certeza de saberlo. La angustia mantiene una relación directa con el deseo: ¿qué me quiere el Otro? ¿cómo me quiere? ¿cómo me ve?
La certeza de la angustia puede entonces ser atroz y despótica. Lacan llega a decir incluso que “la angustia es miedo del miedo”. Puede ser paralizante (“catatonia del sujeto”), o empujar al pasaje al acto y, en este caso, sacrificar –en la huida– la verdad que está en juego. Lacan enseñaba siempre a no caer en ningún heroísmo de la angustia, se trataba de desangustiar mediante la palabra.
Cada uno tiene a su disposición un prisma a través del cual capta su mundo, tanto a su semejante como a su compañero sexual. A este prisma lo llamamos “fantasma inconsciente”, es decir, la respuesta que cada uno se ha forjado para precaverse de esa x desconocida que es el deseo del Otro. Digamos que es una respuesta prêt-à-porter, lista para ofrecerla a ese Otro y para prevenirse de la angustia. “¿Cómo me ve? ¿qué quiere el Otro?” El fantasma sirve para instituir un Otro a medida, para el cual el sujeto sabría lo que él o ella es.
Pero, en ciertas ocasiones hace irrupción lo imprevisto y entonces ese prisma no alcanza para asegurar el encuentro del sujeto consigo mismo. Entonces aparece la angustia y, llegado el caso, la eclosión de la neurosis. Ese desencadenamiento siempre tiene lugar por el encuentro del sujeto con la máscara que hace signo de un goce desconocido, distinto de aquel que creía dominar. No es raro que el surgimiento de angustia incluya un sentimiento de impotencia para hacer frente a este acontecimiento imprevisto del cuerpo. Entonces, se trata de la comúnmente llamada depresión, que señala el sacudimiento del fantasma, el desfallecimiento del sujeto y su renuncia.
¿Cómo afrontar la angustia?, ¿cómo superarla? Si la angustia es siempre singular, es decir, la de un sujeto tomado en su palabra singular, el mejor modo de afrontarla es pensar que existe una causa, puesto que el enigma de fondo de la angustia es siempre el deseo del Otro, esa x desconocida que corre el riesgo de desaparecer, faltar. Cuando el sujeto ya no tenga esa brújula se verá reducido a ser solo individuo-cuerpo, sin poder alojar su ser, su deseo y su goce en un vínculo con el otro y, en ese momento surge la función de la angustia, su función de alarma, de señal que avisa de un peligro amenazante.
Por tanto, es posible hacer un buen uso de esta “angustia-señal”, de la angustia que hace signo de un peligro. Podemos servirnos de ella para atravesar esa otra angustia que paraliza e inhibe el acto, una angustia que anticipa y rechaza la certeza que produciría el acto.
De hecho, es posible, y muy conveniente, distinguir dos estados de la angustia. Por un lado, una angustia constituida y que es la forma de angustia que encontramos bien descrita en los tratados de psicopatología. Es una angustia sin límites, casi laberíntica y en la que el sujeto parece estar condenado a recorrer el círculo infernal que lo retiene cuando tendría que pasar al acto, se trata de una “angustia de repetición”, con vocación de ir al infinito. Por otro lado, una angustia constituyente, es decir, una angustia productiva, sustraída a la conciencia, una angustia que produce el objeto como perdido, al modo de la página en blanco (Miquel Bassols, Lecturas de la página en blanco, 2011). En este tipo de angustia, se ve que no se trata de que haya un objeto y luego venga su pérdida, sino que el objeto se constituye como tal en su pérdida misma. Esta es la angustia que llevó a Romain Gary a decir que “sin angustia no habría creación”, es más “sin angustia no habría hombre” (Pseudo, 1976).
Habremos hecho un buen uso de la angustia cuando logremos que su señal no se vea ensombrecida por su “despliegue”: por lo insoportable de los fenómenos corporales provocados por la angustia, es decir, cuando consigamos que la temida certeza de la angustia deje lugar a poder vivir por el deseo, sin mentirse uno mismo, dejando que dicha angustia se limite a ser sólo una señal de lo más vivo que habita en uno mismo.

lunes, noviembre 12, 2012


Conferencia de Jacques-Alain Miller en Comandatuba
por Jacques-Alain Miller
Jacques-Alain MillerIV Congreso de la AMP – 2004 - Comandatuba - Bahia. Brasil
Una fantasía
Comienzo por una fantasía. Es una idea que me surgió escuchando ayer a la mañana a mis colegas, a nuestros colegas, decirnos en resumen lo mismo: los sujetos contemporáneos, postmodernos, incluso hipermodernos son desinhibidos, neodesinhibidos, «desamparados»*, sin brújula, desorientados. Escuchándolos, me decía : ¡Oh, sí! ¡Oh, sí, sí, sí¡ ¡Cuánto! Cuán desorientados estamos! ¡Qué verdadero es esto! Y es raro concebir una secuencia de cuatro colegas que están de acuerdo, luego estar de acuerdo con ellos y sentir que todo el mundo está de acuerdo, que hay un consenso en este punto.
Por lo tanto, escuchándolos, me preguntaba: ¿desde cuándo es así, desde cuando estamos sin brújula? Y me respondía: sin duda desde que la moral civilizada como decía Freud -es una expresión de Freud – se quebró, se disolvió. Y el psicoanálisis tiene algo que ver con la disolución de la moral civilizada.
Nosotros, aquí, no todos, no los más jóvenes de nuestros auditores y auditoras que están allí; pero nosotros, guardamos el recuerdo de lo que fue esta moral civilizada. Tenemos aún la significación de esa moral. La tenemos al menos aún lo suficiente para poder comprender e incluso sentir los efectos de nuestra civilización actual, sentir los efectos del estado actual de nuestra civilización como inmoral, como yendo hacia la inmoralidad. En efecto, la moral civilizada, en el sentido de Freud, daba una brújula. Daba una punto de apoyo a los desamparados, sin duda por que inhibía. Podríamos de todos modos, preguntarnos : ¿por qué esta moral civilizada, en su bella época, al final, digamos, de la segunda mitad del siglo XIX, en la época victoriana, que Lacan recordaba, fue tan cruel? Puede ser que esta crueldad moral respondía ya a una grieta, a una falla que ya iba profundizándose en la civilización. Podría ocurrir que esa moral civilizada, cuando estuvo en vigencia, en los corazones, es posible, que haya sido ya una formación reactiva.
Reactiva a un proceso en marcha desde mucho tiempo antes que eso. Y por lo tanto, yo soñaba: quizá estamos sin brújula desde que tenemos brújulas. Quiero decir: quizá estamos desorientados desde que la práctica de la agricultura, que no es la nuestra que no está forzosamente en primer plano, desde que la agricultura poco a poco cedió el lugar dominante en nuestras sociedades a la industria. No se piensa bastante en esto, en la agricultura. Es de allí, quizá que viene todo el mal: la metáfora de la agricultura por la industria. La civilización agrícola, ¡una gran cosa!
Para ser serio, veo que podría tomarlos como un Concilio. Una reunión de la AMP, quizá Graciela cambió esto, pero, en mi tiempo, no era un Concilio.
Entonces, la civilización agrícola encuentra sus referencias en la naturaleza, en el ciclo invariable de las estaciones. Por supuesto, hay una historia de los climas, los buenos espíritus están reconstruyendo la historia de los climas, esto no altera el ciclo invariable de las estaciones que daba un ritmo a la civilización agrícola, de tal suerte que en efecto podían encontrar allí sus referencias, sus símbolos, en las estaciones y en el cielo. Lo real agrícola es celeste. Es amigo de la naturaleza. Con la industria, con lo que llamamos la revolución industrial, todo esto fue barrido, poco a poco. Los artificios se multiplicaron y, en el momento en que estamos, debemos constatar que lo real devora a la naturaleza, que se sustituye a ella y que prolifera. Esta es una segunda metáfora : la metáfora de la naturaleza por lo real.
Pensaba también que es esto lo que da encanto al Seminario de la angustia, que releí más de una vez luego de haberlo establecido. Porque el Seminario de la angustia nos presenta el objeto a, si puedo decirlo, en estado natural. El objeto a que se desprende del cuerpo, que es un pedazo de cuerpo, ya sea que se trate de un pedazo sensible o de un pedazo insensible. En el Seminario de la angustia el objeto a está como en estado natural, está tomado a ese nivel. Y cuando se trata de la producción industrial del plus de gozar, si tuviéramos que describirla, pondríamos, por supuesto, otro acento completamente diferente.
Entonces, mi fantasía continuaba de este modo, con una pregunta: ¿estar sin brújula, es estar sin discurso? ¿Es estar en el caos, ser esquizofrénico, como decían Deleuze y Guattari, que han sido generosamente comentados esta tarde? ¿Y en primer lugar, es que nosotros estamos sin ninguna brújula? Quizá tengamos otra.
Hay una frase de Lacan que fue citada dos veces ayer y que me sirvió a mí de brújula en mi curso hecho con Eric Laurent: «El Otro que no existe y sus comités de ética », frase que señala el ascenso al cénit social del objeto a. Está el Cénit, el punto más alto, y está el Nadir, el punto más bajo, que pueden ubicarse en el cielo. Esta frase me servía de brújula porque señalaba que se había tocado el cielo. Se había tocado el cielo antiguo e inmóvil, el cielo inmutable agrícola al que se referían las sociedades inmóviles o de cambios lentos, las sociedades frías o tibias. Lo que esta frase de Lacan señalaba es que se ha levantado un nuevo astro en el cielo social, en el socielo. Y este nuevo astro socielo, si puedo decirlo, es lo que Lacan había anotado con el objeto a, resultado siempre de un forzamiento, de un pasaje más allá de los límites que Freud descubrió, a su manera, precisamente en un más allá. Elemento intensivo que vuelve perimida toda noción de medida, que va hacia el sin medida, siguiendo un ciclo que no es el ciclo de las estaciones, sino un ciclo de renovación acelerada, de innovación frenética. Entonces, de golpe me planteaba la pregunta: ¿el objeto a, no sería – ¿cómo decirlo? – la brújula de la civilización de hoy? ¿Y por qué no? Tratemos de ver allí el principio del discurso hipermoderno de la civilización. Entonces, veamos si podemos construir este discurso.
Vamos a darle a este objeto – es una denominación discutible para Lacan mismo: nombrar aquello de lo que se trata un objeto correlativo de un sujeto y, además, ponerlo entre paréntesis para estar seguro que permanezca en su lugar. Es una designación que, a Lacan mismo, no le pareció totalmente satisfactoria, si puedo decirlo. En fín, utilicemos esto. Demos, en el eventual discurso de la civilización, el lugar dominante a este objeto.
Este objeto – es nuestra hipótesis – se impone al sujeto sin brújula, lo invita a atravesar las inhibiciones. Voy a escribirlo, muy simplemente, con el símbolo que nos sirve comúnmente, $.
a -> $
Recientemente aislamos el término de la evaluación. Lo aislamos es decir demasiado. Nos fue impuesto, fuimos golpeados con este término, toda Europa está golpeada con el término de la evaluación que ya pasó a la práctica corriente, creo, en los Estados Unidos de América. En fin, toma en Europa un giro tiránico.
Planteemos que el sujeto sin brújula es invitado a producir la evaluación. Y, aquí, escribo S1
a -> $
S1
Lo que escribo con el S1 es el uno contable de la evaluación, la evaluación a producir. Esto me parece tanto mejor venido que, en este lugar sustituye al S1 del significante amo que está destinado a caer. Podría encontrar aún otras significaciones a este S1 y ver en él, por ejemplo, el significante de lo que se llama, en Estados Unidos, self-help. He visto que se decía así en español, autoayuda. Incluso no sé cómo se dice esto en francés. No tengo la impresión que haya un término corriente. Se habla de desarrollo personal, pero retrocedieron a traducir en francés self-help, aún no se atreven.
Creo que ustedes ven a donde quiero llegar en mi fantasía: quiero llegar a escribir también el S2 en el cuarto lugar:
a -> $
-- --
S2 S1
Esto es lo que propongo como fantasía, como estructura del discurso hipermoderno de la civilización: S2, el saber, en el lugar de la verdad/mentira, no me parece mal ubicado hoy en la civilización. La noción de que el saber no es más que semblante tiene numerosos adeptos y presiona sobre nosotros. No se trata, propiamente hablando, de un escepticismo, ni de un nihilismo, sino de un relativismo, o incluso, como se dice a veces entre los filósofos, un perspectivismo, y alguien de Argentina me testimoniaba hasta qué punto, el haber adherido a una filosofía perspectivista, lo había aliviado. Vean donde me condujo mi fantasía. No puedo hacer otra cosa más que seguir, lo que me lleva a pensar que: ¡el discurso de la civilización hipermoderna tiene la estructura del discurso del analista!. Es un resultado sorprendente. Para mí, en primer lugar, es un resultado que puede parecer absurdo. En el fondo, es un desafío, si queremos justificar esto cuando surge. En primer lugar, si reflexionamos bien, sin emoción, Lacan no dudó en plantear que el discurso del amo era la estructura del discurso del inconsciente, que los dos tenían la misma estructura. Por lo tanto, el discurso del amo es el discurso social, es el discurso de la civilización que prevaleció desde la antigüedad. Pudo decir: es la misma estructura que el discurso del inconsciente. Por lo tanto, no es absurdo, a priori, que el discurso de la civilización hoy tenga la misma estructura que el discurso del analista, no es inconcebible, sobre bases eventualmente deseantes a partir de las cuales trabajamos.
Entonces, si aceptamos esto, vemos la dificultad: el discurso del analista era antiguamente el analizador del discurso del inconsciente que era su envés, ¿no es cierto? Lo que Lacan llama el envés del psicoanálisis es el discurso del amo. El discurso del analista podía analizar el discurso del inconsciente y su potencia interpretativa y subversiva podía, por este camino, ejercerse sobre la civilización y sobre los fenómenos de las sociedades con la cuales tenía que vérselas, como trataba de mostrarlo, desde la más lejana Antigüedad.
Hoy, si esto es verdad, si mi fantasía conduce a alguna parte, está por verse, si esta fantasía es verdad, el discurso de la civilización no es más el envés del psicoanálisis, es el éxito del psicoanálisis. ¡Bravo! ¡Muy bien hecho! Pero, de golpe, esto pone en cuestión a la vez el medio del psicoanálisis, es decir la interpretación y esto pone en cuestión su fin, e incluso su comienzo. Podríamos decir – si partimos del hecho que la relación entre civilización y psicoanálisis no es más una relación de envés y derecho – que es más bien del orden de la convergencia, es decir que cada uno de sus cuatro términos, en la civilización, permanece en disyunción con los otros; que de un lado, el plus de gozar comanda, el sujeto trabaja, las identificaciones caen reemplazadas por la evaluación homogénea de las capacidades, mientras que el saber se activa en mentir y en progresar también, sin duda. Podríamos decir que en la civilización estos diferentes elementos están separados y que no es sino en el psicoanálisis, en el psicoanálisis puro, donde estos elementos se ordenan en un discurso.
En efecto, hay para nosotros un llamado de este lado, sin duda, el repliegue en el discurso del amo. Al menos en Francia, no faltan los psicoanalistas– sin duda son más numerosos que nosotros – que sueñan y se activan con al idea de volver a poner el orden del discurso del amo en su lugar. Volver a poner al amo en su lugar para poder aún ser subversivos: «¡Franceses, un esfuerzo más para ser reaccionarios, sino ustedes no serán revolucionarios!» Vemos de lo que se trata, dado el poco confort que su éxito ha producido en el psicoanálisis. No he traído el texto, muy reciente, de hace dos o tres meses, está escrito. Vemos lo que es la noción de una práctica revolucionaria del psicoanálisis donde el psicoanálisis consistiría de ahora en más en pasar a los famosos sujetos sin brújula los significantes amo de la tradición. Hay un texto donde explican hoy que los psicoanalistas, teniendo que vérselas con estos desorientados, deben verdaderamente renunciar a su subversión antigua para comenzar a deslizarse, a darles en la mano, en la cabeza a sus pacientes, a los significantes de la tradición, a falta de lo cual nada podría ocurrir.
Estoy lejos de haber leído tantas cosas en el dominio del psicoanálisis hoy, pero tengo la impresión, por el momento, que aún esto no ha tomado una forma masiva, pero esto se esboza. Y quizá mañana tengamos un psicoanálisis que tendrá como objetivo reconstituir el inconsciente de papá. Por otro lado, en su principio, la reacción psicoanalítica no es diferente del ascenso de los fundamentalismos. Es la misma noción. Veremos psicoanalistas reconstituyendo el inconsciente, tratando de reconstituir artificialmente el inconsciente de papá, el inconsciente de ayer, como vemos subir a la escena del mundo y cambiar nuestra vida cotidiana, nuestros viajes, nuestros ocios, en fin, a los locos de Dios. Es lo mismo: los fundamentalistas freudianos...
Una segunda posición se decide en el psicoanálisis, una posición que podemos decir pasatista y que consiste en decir: no pasa nada, nada ocurre. El inconsciente es eterno, lo eterno que es tu Dios, si puedo decirlo.
La tercera posición que se esboza – si la primera se vuelve hacia el pasado, si la segunda reside en un presente eterno – podemos decir que esta es progresista. Es la posición que fue expuesta ayer, por Agnès Aflalo y por Eric Laurent, que no la pusieron a su cuenta, por supuesto. Evitaron tener que leer los libros que estudiaron. Esta posición progresista consiste en poner, en tratar de poner el psicoanálisis al paso del progreso de las ciencias y de las falsas ciencias, de regimentar el psicoanálisis según el progreso de las ciencias y de las falsas ciencias.
Entonces no es absurda esta tentativa. Por otra parte, no nos fue presentada en tanto tal. No es tampoco inédita. Y toda la metapsicología de Freud mostró signos de debilidad hacia mediados del siglo veinte. Podríamos decir que Lacan procedió a una traducción lógico lingüística de esta metapsicología. Él mismo reconoció que debió pasar por allí para airear el psicoanálisis. Por lo tanto, en efecto, no es absurdo, a priori, tratar de dar una traducción neuro-cognitivista a la metapsicología. Podemos decir: esto se juzgará por los resultados. A Jorge Forbes le parece que exagero. Es muy posible, muestro de este modo una amplitud de espíritu...en fin, quiero decir: no hay que insultar al porvenir. Nosotros mismos, hemos dedicado tiempo a darnos cuenta que había una enorme industria reflexiva ¿desde hace cuánto? –diez años, quince años, veinte años nos dice Agnès Aflalo. Desde hace veinte años hay abejas industriosas que producen esta miel: traducir la metapsicología en términos neuro-cognitivos e, incluso, nosotros no hemos visto en ello nada, hasta el momento en que subió a la escena y que comienza aquí y allá, a producir una batalla, a hacer desorden. Estoy a favor de aquellos que pueden interesarse en eso y nos traen noticias de lo que ocurre allí.
Bien! A título diverso – aquí, voy a cerrar un poco la apertura que he abierto hace un momento – estas tres posiciones que he distinguido me parecen que se abren a prácticas de sugestión.
La primera, la práctica reaccionaria del psicoanálisis, procederá por la exaltación de lo simbólico vehiculizado por la tradición. Por otra parte, asistimos a alianzas sensacionales con todos los tradicionalismos, que pone de relieve una convergencia impactante entre la Biblia y la «Interpretación de los sueños», indiscutible.
La segunda práctica que llamaba pasatista, procederá a la consolidación de un refugio imaginario.
En cuanto a la tercera, que ya es, sin duda, la más avanzada, se dedica, se entrega a un alineamiento, se alinea con lo real de la ciencia, es lo que ella cree.
He distribuido de este modo los tres términos: lo simbólico, lo imaginario y lo real entre estas tres prácticas. Lo que tienen en común, estas tres prácticas, me parece, es lo que abreviamos, cuando escribimos S1 a S2, es decir la relación entre mando y ejecución o entre estímulo y respuesta. A lo que estas prácticas apuntan, tan diferentes como sean, podría ser enunciado en estos términos: en todos los casos, eso marcha.
Luego, existe la práctica Lacaniana o más bien, existirá, pues se trata de inventarla. Por supuesto, no se trata de inventar ex–nihilo. Se trata de inventarla en la vía que abrió en particular el último Lacan. Y esta práctica Lacaniana se deja presentir sin duda en lo que nos anima a nosotros mismos. Entonces, lo primero para que esta cuarta práctica, la práctica Lacaniana por venir se sostenga, se distinga de las formas que estigmaticé, es ver bien el principio de estas tres prácticas, el principio «eso marcha».
¡Bien! En la práctica Lacaniana hay que dejarse conducir, incluso si nos disgusta, nos dejamos conducir por las palabras que decimos. La práctica Lacaniana no puede tener otro principio, si se distingue de las otras, que "eso fracasa". La práctica Lacaniana, fracasa. Ustedes reconocen, por otra parte, en el fracaso, un leitmotiv del último Lacan. Hizo todo para ponerse en la posición de fallar sus nudos y evidentemente este fracaso no es un fracaso contingente. Este fracaso es la manifestación de la relación a un imposible. En efecto, nosotros hemos sido, nosotros sus auditores y sus lectores, invadidos por estas nociones de fracaso y de imposible. Nos inoculó estos términos que precisamente nos protegen, nos han protegido, han sido como anticuerpos en relación con el discurso del eso marcha y las nuevas prácticas del psicoanálisis que tienen todas ese principio. La práctica Lacaniana excluye la noción de éxito. Llego hasta el punto de decir esto.
Veo muecas, desdichas...en absoluto. La objeción evidentemente sería: pero entonces, la práctica Lacaniana no tiene valor. Les señalo que Lacan no retrocedió ante ello. Incluso terminó una de sus últimas lecciones de un modo enigmático diciendo: "se trata de que el psicoanálisis sea una práctica sin valor".
Por otra parte, ustedes constataron, al menos en Francia, en Europa, que el psicoanálisis llega último cómodamente a todos los ensayos terapéuticos. Entonces, se engendra un sentimiento de culpabilidad en los psicoanalistas como lo somos nosotros, y los otros. Nosotros también tenemos nuestro éxito, por supuesto, por supuesto. Pero quizá no hay que estar tan orgulloso tampoco porque son de una contingencia tal que no invalidad la ley del fracaso, sino que más bien la demuestran. Por supuesto, existe el Pase. Algunos lo logran. Justamente, ¡son tan poco numerosos que es evidente que es para persuadir a los otros que fracasaron! Evidentemente es una lógica un poco especial, de la que Lacan dio una vez una indicación que retomé, hace mucho tiempo. Es una lógica donde la contingencia prueba, o al menos atestigua, lo imposible. En el fondo, el hecho de que haya contingencia, hace que no podamos incluso decir que el fracaso sea la ley de lo real, según la fórmula enigmática de Lacan: lo real es sin ley. Si no hubiera la contingencia para desmentir lo imposible tendríamos una ley en lo real. No tenemos ni siquiera eso.
Entonces, volvamos a nuestro discurso de la civilización. ¿Cómo entender lo que está en la primera línea : el discurso de la civilización hipermoderna? ¿Qué sentido dar a este matema que nos es tan familiar, qué sentido darle cuando, contrariamente a las apariencias, no se trata del discurso del analista, sino del discurso de la civilización ?
Hago como Pierre Ménard en el "Quijote", ¿no es cierto?.
El plus de gozar ha subido al lugar dominante. Sin embargo, el plus de gozar es correlativo de lo que llamaría, para hablar como Damazzio – yo me cultivo- un estado del cuerpo propio, y como tal, el plus de gozar es asexuado. Comanda, pero ¿qué comanda? No comanda un eso marcha, sino un eso fracasa que, precisamente escribimos: $.
Cuando barramos una letra, en general es porque nos equivocamos, ¿no? Aquí, el plus de gozar comanda un eso fracasa y precisamente un eso fracasa en el orden sexual. No veo qué impide considerar que ese $ escribe: no hay relación sexual, en tanto que la letra inicial S, es la misma que la de sexo. Esto conduciría a decir que la inexistencia de la relación sexual precisamente se ha vuelto evidente, hasta poder ser explicitada, escrita, a partir del momento en que el objeto a ascendió al socielo. Mientras que en el régimen del discurso del amo, era una verdad reprimida por el significante amo, los significantes amo, ya no logran hacer existir la relación sexual. Por otra parte, esto produce la desesperación de los religiosos, salvo de aquellos que se mantienen precisamente a distancia de la civilización hipermoderna y que defienden con talento, con vigor, una forma más antigua, una forma más tradicional que hoy, una resistencia meritoria al objeto a que es ejercida por el lado Islam de la civilización. Y si, del lado de las sociedades hipermodernas, la religión se desespera sobre este punto – el sexo es una desesperación para ellas, es de todos modos la cuestión sexual la que frena la ascensión, la nueva ascensión de la religión, como lo explica una socióloga cristiana, católica, he leído, - si del lado, de las sociedades hipermodernas la religión se desespera es que la religión entre nosotros se apoya en la noción de la naturaleza que lo real ha vuelto perimida, que la ascensión del objeto a ha vuelto obsoleta. Evidentemente, lo que es para morirse de risa, o para llorar, es que un gran número de psicoanalistas no tienen otra idea más que venir al apoyo de esto. Les juran sobre su experiencia, que la educación del hombrecito necesita que pueda hacer sus identificaciones en papá y mamá. Considero que es una abuso. Un abuso que su experiencia no puede de ningún modo demostrar. Ya era ridículo cuando los psicoanalistas se hacían los guardianes de la realidad colectiva. Pero, en fin, la cosa andaba. Tanto más cuando la realidad colectiva de la que quieren ser los guardianes es la de ayer. Decir esto no implica ningún entusiasmo por las modificaciones en curso. Como la mayoría de vosotros, he sido educado en una forma más antigua, más tradicional. Soy lo que se escribe.
El psicoanálisis fue inventado para responder a un malestar en la civilización, un malestar del sujeto sumergido en una civilización que podríamos enunciar así : para hacer existir la relación sexual, hay que frenar, inhibir, reprimir el goce. La práctica freudiana abrió la vía a lo que se manifestaba con todas las comillas que ustedes quieran, como una liberación del goce. La práctica freudiana anticipó la ascensión del objeto a al cénit social y contribuyó a instalarlo. Por otra parte, no es un astro, es un Sputnik, un producto artificial.
La práctica Lacaniana, tiene que vérselas con las consecuencias de este éxito sensacional. Consecuencias que son sentidas como del orden de la catástrofe. La dictadura del plus de gozar devasta la naturaleza, hace estallar el matrimonio, dispersa la familia y modifica los cuerpos, no simplemente bajo los aspectos de la cirugía estética o de la dieta – el estilo de vida anoréxico, como decía Dominique Laurent -, no simplemente eso. Puede ir hasta la cirugía y una intervención sobre el cuerpo mucho más profunda.
Ahora que se descifró el genoma, se va a poder verdaderamente ir en la vía de lo que algunos llaman la post humanidad.
¿Entonces, la práctica Lacaniana, se juega su partida en relación con la práctica de la IPA y con sus estándares? Sin duda, pero se juega sobre todo su partida con relación a los nuevos reales de los que da testimonio el discurso de la civilización hipermoderna. Se juega su partida en la dimensión de un real que fracasa, de tal suerte que la relación de los dos sexos entre ellos va a volverse cada vez más imposible, que el "uno" solo, si puedo decirlo, será el estándar post humano, el "uno" solo para llenar cuestionarios para recibir su evaluación y el "uno" solo comandado por un plus de gozar que se presenta bajo su aspecto más ansiógeno.
Lo que falta, es el principio de toda sustitución y es incluso lo que permite decir en un momento dado: ¡Bingo! Por el contrario, la práctica Lacaniana opera en la dimensión del fracaso. También decimos: ¡Bingo!, en la práctica Lacaniana. Es un milagro, una gracia. Hay que reconocerlo, como Lacan mismo, que no es calculable. La interpretación analítica de la que comprendemos como procede no es una interpretación analítica. Es así como yo comprendo que Lacan nos haya tomado de la mano, finalmente para tranquilizarnos con respecto a esto: solo hay diferentes modo de fracasar, algunos de los cuales satisfacen más que otros. No es simplemente un chiste, no es simplemente un Witz. Es la condición para que nos sostengamos en el discurso de la civilización hipermoderna. Por lo tanto, esta práctica Lacaniana sería la forma, la deformación, la transformación, en el sentido topológico, que permitiría al psicoanálisis superar las consecuencias reales que se producen por el hecho de su ejercicio desde hace un siglo, de su introducción en una civilización y que ahora convergen en la estructura del discurso analítico. Y estas consecuencias retornan sobre él mismo. Las consecuencias del psicoanálisis retornan sobre el psicoanálisis y sobre sus trayectos. Podemos incluso decir que lo que era su condición de posibilidad se vuelve una condición de imposibilidad. Digo posibilidad, pero se trata más bien de la contingencia del acontecimiento Freud, y podría ocurrir que la imposibilidad que fue ya anunciada por Freud y que fue articulada por Lacan, sea la condición del ejercicio mismo del psicoanálisis. En todo caso, lo que se descubrió para nosotros no intelectualmente, sino en la práctica, es que ella existe sobre un fondo de imposible. Por otra parte, constatamos que nosotros hemos perdido el gusto de contarnos unos a otros nuestros éxitos terapéuticos. Es más bien cuando testimoniamos de un tropiezo que tenemos el sentimiento de que es verdadero. Lo que comprendió bien, por ejemplo, Mauricio Mazzotti, ayer, quien aportó como testimonio una interpretación al costado, un fracaso de la práctica con lo que estaba mucho más a gusto que lo que hubiera estado con una narración eufórica de «apreté este botón, y dio como resultado que el vestido cayó».
Y es precisamente porque no comprendemos cómo funciona, porque no se tiene éxito apretando botones, cualquiera sea la perfección de los diagnósticos o la experiencia clínica, etc., es precisamente por esto que pasamos nuestro tiempo explicándonos unos a otros, intentando explicarnos lo que ocurrió los unos a los otros y a dar testimonio de ello.
El psicoanálisis que hizo temblar los semblantes sobre los cuales descansaban los discursos y las prácticas, el psicoanálisis que develó de ese modo lo que Lacan llamaba la economía del goce, el psicoanálisis que es, si puedo decirlo, un socratismo mezclado con cinismo, y bien, ahora la irrisión y el cinismo han pasado a lo social con apenas lo justo de humanidad que hace falta para velar aquello de lo que se trata. Esta propagación de la irrisión no se le ahorró al psicoanálisis mismo. El psicoanálisis constata hoy que es víctima del psicoanálisis.
E incluso los psicoanalistas, eventualmente, son ellos mismos víctimas del psicoanálisis, víctimas de la sospecha que instila y destila el psicoanálisis cuando no llegan a creen en el inconsciente. Los semblantes de los que el psicoanálisis se produjo: el padre, el Edipo, la castración, la pulsión, etc, también se pusieron a temblar. Es por esto que asistimos desde hace veinte años al recurso al discurso de la ciencia, del que se espera que nos dará el real del que se trata y del que esperamos que podrá darnos plus de gozar, es decir franquear la barrera que separa S2 de a en el discurso de la histeria.
Entonces allí, hay que recordar la condición de contingencia bajo la cual el psicoanálisis apareció, es decir el descubrimiento por parte de Freud del síntoma histérico, descubrimiento que se hizo en el contexto del discurso de la ciencia y que se refería a un real científico, un real de tipo galileano, un real que alojaba, incluía un saber. El descubrimiento de Freud se hizo en el contexto del materialismo psico-fisiológico de fines del siglo XIX. Y en el contexto de un real, uno, de tipo galileano, es decir incluyendo un saber, descubrió que hay sentido en lo real. Hay que decir que esto produjo un escándalo. El psicoanálisis apareció como una corrupción del saber científico. Porque el saber científico puede estar en lo real, pero para no decir nada. Que haya sentido en lo real implica que esto quiere decir algo, que hay una intención. Y, para el psicoanálisis, que haya sentido en lo real fue su condición de posibilidad. El sentido en lo real es el soporte del ser del síntoma, en el sentido analítico. Sin embargo, se lo dejó hacer, se lo dejó hacer a Freud. ¿Podemos preguntarnos por qué? Se lo dejó hacer, a él y a sus discípulos que empezaron a proliferar. Se los dejó traficar el síntoma con el síntoma mental, dejaron traficar eso con el sentido. Incluso dejaron que la psiquiatría fuera ganada por eso. Sin duda porque no había saber en lo real que pudiera responder a síntomas de este tipo, fuera de la lobotomía, la cura de sueño , en fin era algo grosero. Por lo tanto, dejaron esto, dejaron hacer con su intención de sentido en lo real. Dejaron el tratamiento del síntoma a la manipulación del sentido. Por otra parte, desde Pinel, al menos, ya habían utilizado el sentido imperativo, el S1, para tratar el síntoma, era tradicional. En el fondo, aceptaron el S2 freudiano, es decir el sentido asociativo al lado del sentido imperativo, hasta el momento actual. Hasta el momento actual donde, para agregar, si puedo decirlo, al malestar del psicoanálisis, se produjo una escisión del ser del síntoma. Exactamente una escisión de lo real y del sentido, pero que era esperada, lógicamente esperada. Resulta de ello la pulverización del síntoma, de lo que testimonian las ediciones sucesivas del DSM, luego de la primera que era psicodinámica. Lo que hacía que el síntoma se sostenga junto era el decir. Era, en definitiva, la intencionalidad inconsciente que hacía sostener al síntoma. ¡Y bien!, en la palabra síntoma, el «sin» se ha ido y solo queda el «toma». El síntoma de ahora en más está reducido al trastorno. Y el inglés dice esto mejor cuando habla de disorder, palabra que toma su referencia al orden de lo real.
En efecto, para la ciencia, lo real: marcha. Y es para eso que sirve el saber en lo real. Es por ello que podemos decir que la ciencia tiene afinidades con el discurso del amo, por otra parte Lacan lo señaló mil veces. Hay que decir que no creíamos más en ello, en la civilización. Por el contrario, ahora, en la civilización hipermoderna, se tiene la idea que el saber científico en lo real: fracasa, va a fracasar. Los organismos genéticamente modificados, lo nuclear, eso no genera más la confianza en el buen funcionamiento del saber en lo real a partir del momento en que, por supuesto, somos nosotros los que comenzamos a traficarlo. Lo que fue el síntoma y que ya no es más que trastorno está de ahora en más dividido en dos, desdoblado. Del lado de lo real, es tratado fuera de sentido por la bioquímica, por los medicamentos cada vez más ajustados. El lado del sentido continúa existiendo a título de residuo. El lado del sentido es objeto de un tratamiento de apoyo, de complemento que toma dos formas esencialmente, me parece, : por una parte, una escucha de puro semblante, «venga que lo escucho» -que tiene valor de acompañamiento y a menudo incluso de control de la operación que se cumple en lo real, por el sesgo del medicamento. En efecto, los bioquímicos son los primeros en decir: «pero en absoluto, es necesario que nuestros pacientes sean escuchados también»
La segunda forma que toma la escucha de puro semblante es la práctica de la palabra autoritaria y protocolar de las terapias cognitivo comportamentales. Tenemos, entonces, el síntoma repartido en dos. Del lado de lo real, apuntan a la supresión más o menos aproximativa del trastorno. Del lado del sentido es una recepción del sentido, un cosquilleo de sentido, y al mismo tiempo, una nivelación del sentido. Hay que decir que es especialmente del lado de las terapias cognitivo-comportamentales que asistimos a un rechazo, a una refutación del síntoma. Mientras que, en el psicoanálisis, el síntoma tenía valor de verdad, representaba la verdad siempre bajo una máscara, por lo tanto como mentira, y había que tomarse el tiempo para verificar el síntoma en el sentido de hacerlo verdadero.
Hoy, hemos visto en Francia que precisamente ese tiempo que hace falta no va de suyo. ¿Cómo responder a esto?
Entonces, de un lado, tenemos una protesta psicoanalítica que es simpática, pero vana, y que consiste en rechazar el saber en lo real. En segundo lugar, tenemos lo que yo llamaba una alineamiento con saber en lo real, En tercer lugar, tenemos la tentativa de renovar el sentido del síntoma a lo cual Lacan permaneció ligado. Es lo que introdujo – modificando la ortografía incluso del término – con el nombre de sinthoma.
Aquí hay que retomar a Freud y su malestar en la civilización que no era simplemente un diagnóstico, sino el soporte del psicoanálisis, su promesa de éxito. Tomo como referencia más bien el esbozo que dio en 1908, bajo el título "La moral sexual "cultural" y la nerviosidad moderna". Es un texto que es divertido releer, no es largo. Todos los observadores de la época, en el giro del siglo, entre el siglo XIX y el XX, notaban, Freud los cita, nuevos síntomas que marcaban ese giro. El más célebre era el que permaneció como la neurastenia de Beard. Todos los observadores señalaban el crecimiento, la propagación de la enfermedad nerviosa, un fenómeno social. He traído aquí el texto, pero no lo voy a leer. Es un pasaje muy divertido, de buen cuño, que da una descripción de la vida moderna, de las fatigas que implica, de la sobrestimulación. Podríamos creer verdaderamente que se trata de hoy. Lo que es impactante, es que Freud cita todo esto al comienzo para poner todo de lado y por el contrario destacar un factor único, una determinación esencial: la monogamia, la exigencia monogámica. Es así como él esboza, como por arte de magia, una teoría del goce sexual en la civilización. Ustedes no perderán nada con sus fantasías. Primer estadio: el acceso libre al goce. Es verdaderamente como dice Jean-Jacques Rousseau: «Comencemos por apartar todos los hechos». En segundo lugar: restricción del goce que está permitido solo con fines de reproducción. En tercer lugar, hoy, el goce solo está permitido en el marco del matrimonio monogámico. Es divertido seguirlo en sus detalles. Freud aisló lo que es neurosis, lo que es neurotizante, es decir: el esfuerzo para hacer existir la relación sexual y el sacrificio de goce que ello comporta. Podemos decir que allí encontramos el índice apuntado hacia lo que Lacan aportará, que no consiste en absoluto en rechazar el real científico y el saber en lo real. Porque rechazar el real científico, rechazar el discurso de la ciencia es un camino de perdición que abre a todos los manejos psi. Manejos no es un término injurioso. No rechazar este saber, admitir que hay saber en lo real, pero, al mismo tiempo, plantear que en ese saber hay un agujero, que la sexualidad hace agujero en ese saber. Por lo tanto, es una transformación de Freud, sin duda, y se ha hecho una nueva alianza entre ciencia y psicoanálisis, si me atrevo a decirlo, que descansa en la no relación. Por lo tanto, es el « no hay relación sexual » el que da el lugar de la práctica Lacaniana, porque hay que entender: miramos el enunciado que afirma: «hay saber en lo real», el «no hay relación sexual» es lo que hace de equilibrio con el «hay saber en lo real». Es la relación sexual lo que hace objeción a la omnipotencia del discurso de la ciencia. Por otra parte, por el momento, dejan a las agencias matrimoniales en las manos de las comadres que tiene experiencia. No se han instalado aún evaluadores en las agencias matrimoniales. ¡No va a tardar!
Pero por el momento, es incluso sorprendente que esto hace agujero en lo real y en el saber en lo real. Podemos representarlo simplemente como: el logicielo falla en este punto. Es el principio de una práctica o de una clínica donde los síntomas no son trastornos, no son desórdenes porque en este punto no hay orden. Es decir que el saber en lo real no dicta su ley. No podemos intervenir en este punto a partir del saber en lo real. Es un enunciado negativo que llama a enunciados positivos. Debo elegirlos porque estoy llegando al final.
Primeramente, los síntomas de la no relación sexual. Esto quiere decir : sin duda que están articulados en significantes, pero esto es secundario. No son esencialmente mensajes. Están articulados en significantes pero esto es la palabrería de los síntomas. Los síntomas son ante todo signos de la no relación sexual, eventualmente signos de puntuación. Lacan hablaba de los síntomas como puntos de interrogación en la no relación sexual. Ayer, escuchaba a una paciente hablar de que lo que resta para ella de angustia se liga al cuerpo como una coma, como un pausa de respiración. Por lo tanto, los síntomas son signos. Es otro modo de abordarlo diferente que como mensaje.
Por otra parte los síntomas son necesarios, no cesan de escribirse y es lo que funda su equivalencia con el etcétera. Son reales a tal punto que pueden perfectamente confundirse con lo real que marcha. Es esta la paradoja.
Es por ello que al mismo tiempo que Lacan dice que el síntoma es real, dice que hay que creer en él, precisamente. Son tan reales que es arbitrario destacarlos como tales. Hace falta alguien que lo quiera hacer. ¿Quieren un ejemplo? Tomen la homosexualidad. Se plantea como trastorno del orden natural, hoy no hay más que una cosa para hacer, hacer un lobby. Y si hacen un lobby obtienen el dejar de ser un trastorno del orden natural. Como ustedes lo saben, es luego de una presión, de una relación de fuerza política que la homosexualidad dejó de ser un disorder, ya no está clasificada como un disorder.
Entonces, vemos hasta qué punto, aquí, recogemos los resultados del psicoanálisis, de un psicoanálisis, el goce perverso está permitido. Queda por saber lo que se hace.
Otro enunciado positivo aún : los síntomas son síntomas goce, si puedo decirlo, expresan que el goce no está en el lugar donde debería estar, se piensa, es decir en la relación sexual, de la que Freud da el remedo, bajo la forma de la monogamia. No es nunca el buen goce, el que debería ser. A partir de ello accedemos a un cierto número de puntos nodales de esta clínica, de cuestionamientos, que no voy a contar hoy. Pasa por preguntas como: ¿el inconsciente, es corporal?
La poética de la interpretación no está para hacer algo bello, no es el kitsch. La poética de la interpretación, es un materialismo de la interpretación. Alguien que seguía a una paciente desde hace nueve años me contaba ayer o anteayer, en un control, que había obtenido un efecto completamente inédito luego de esos nueve años simplemente diciéndole ¡Basta! con un tono cuya virulencia contrastaba con la voz dulce tenía el resto del tiempo. Hay que poner el cuerpo para llevar la interpretación a la potencia del síntoma.
Busco un punto para suspender, no para concluir.
Hace falta tiempo para explicar que con el último Lacan nos encontramos más bien con tres inconscientes, tres modalidades diferentes del inconsciente.
El inconsciente freudiano trabaja a más no poder. Por otra parte, Marco Focchi trajo una lista de referencias donde vemos el inconsciente agotarse de trabajo, mientras que el parlêtre Lacaniano, en absoluto. El parlêtre Lacaniano Lacan quería que reemplace el inconsciente freudiano. Quería que lo reemplace para responder, me parece, al problema que planteé en el pizarrón, es decir que hay que desplazar el psicoanálisis a toda velocidad. El parlêtre Lacaniano, más bien, se mueve, hierve, infecta. Es más bien del estilo parásito.
Entonces las consideraciones que he debido saltear conducían a una inversión de lo que decimos tradicionalmente: el sujeto supuesto saber es pivote de la transferencia. Me parece que el último Lacan dice otra cosa, si puedo decirlo, dice más bien: la transferencia soporte del sujeto supuesto saber. Para decirlo de otro modo, dice más bien que lo que hace existir el inconsciente como saber, es el amor. Por otra parte, la cuestión del amor, a partir del Seminario Aún conoce una promoción muy especial, porque el amor es lo que puede hacer mediación entre los unos solos. Por lo tanto, decir que es imaginario, en fin, produce una dificultad. Es decir que el inconsciente no existe. El inconsciente primario no existe como saber. Para que devenga un saber, para hacerlo existir como saber, hace falta el amor. Y es por lo cual Lacan podía decir al final de su Seminario Los nombres del Padre: un psicoanálisis, demanda amar a su inconsciente. Es el único medio de hacer, de establecer una relación entre S1 y S2.
Porque en el estado primario tenemos « unos » separados, en disyunción. Entonces, un psicoanálisis demanda amar a su inconsciente, para hacer existir no la relación sexual, sino la relación simbólica. Pero a un psicoanalista, no se le pide amar los efectos de verdad del inconsciente. Entonces esto es difícil porque un analista es también un analizante, o un ex analizante. Y sin embargo, para lo que podría ser la práctica Lacaniana, no es necesario amar lo verdadero, no más que lo bello y lo bueno.
Es todo, gracias.
(Aplausos)